Reseña del libro: “La revolución rusa contada para escépticos” de Juan Eslava Galán

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro: La revolución rusa contada para escépticos de Juan Eslava Galán. En él, nuestro escritor prolífico por antonomasia, y católico de referencia, analiza de manera desapasionada el que es el hecho histórico más relevante del siglo XX, la Revolución rusa de 1917.

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Portada del libro La revolución rusa contada para escépticos de Juan Eslava Galán

Juan Eslava Galán, fiel a su peculiar estilo desmitificador, nos narra los inicios de la última de las grandes religiones monoteístas de la Historia, el socialismo, sumándose a la corriente de opinión que ve en el ascenso de la ideología de izquierdas, un auténtico movimiento mesiánico. De esta manera, el socialismo toma cuerpo como creencia laica que, pese a negar la trascendencia, cuenta con los suficientes elementos en común con cualquier otra confesión, como para ser tenida en cuenta como religión. Destacan dentro de estos elementos religiosos, el hecho de contar con un profeta (Karl Marx), mártires de la causa, dogmas de fe y una miríada de herejías, la primera de ellas, el anarquismo de Bakunin. El socialismo tuvo la fortuna de contar con una figura que, reinterpretando a su manera las enseñanzas del maestro, acuñó los dogmas de la novísima confesión. O, dicho con otras palabras, el camarada Lenin ofició de necesario San Pablo, echando a andar el negocio.

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Contraportada del libro La revolución rusa contada para escépticos de Juan Eslava Galán

Eslava Galán aporta en su La revolución rusa contada para escépticos una mirada fría y objetiva de la vida de Karl Marx, muy desusada entre sus hagiografías, que goza de recrearse en los momentos más esquivos y contradictorios de su vida. A través de los ojos del autor, conocemos a un Karl Marx que, irónicamente, era hijo de una buena familia de judíos prusianos, recién conversos al protestantismo. Siendo joven, a causa de su proselitismo socialista, se tuvo que exiliar, primero en París, después en Londres, capital del mundo por aquellos años. Una vez en tierras inglesas, pudo dedicarse de manera incansable a una atareada ociosidad, merced al buen hacer económico de su amigo Friedrich Engels, y, de manera especial, a la jugosa herencia de su mujer. De hecho, Engels fue tan buen amigo para Marx, que cargo con la paternidad del hijo que el bueno de Karl, en un reflejo propiamente burgués, le había engendrado a su sirvienta.

No contento con ensombrecer la figura del profeta, Eslava Galán carga contra la del fundador del socialismo, el camarada Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, al que nos presenta como hijo de una familia acomodada de terratenientes conservadores, de raza calmuca y antecedentes judíos, como el mismísimo Marx. Conto Lenin con un carácter autoritario, siendo desde niño propenso a los ataques de histeria cuando se le contrariaba en algo, poseyendo, además, una marcada tendencia a la crueldad. Lenin se licenció en Derecho, ejerciendo la abogacía apenas un par de años, ya que, por suerte para el ser humano, decidió redimirnos de nuestros pecados burgueses, llevando una azarosa y regalada vida de revolucionario profesional. Eslava Galán remata la faena presentándonos a un Lenin con las características propias de cualquier iluminado: físicamente cobarde, dogmático, intolerante, manipulador e indiferente hacia el sufrimiento ajeno. Como nota humana, Lenin quedó traumatizado por la muerte de su hermano, Alexandr Ulianov, que fue condenado a ser ahorcado por el intento de magnicidio contra el zar Alejandro III, padre de Nicolás II.

Vistas las dos grandes figuras del socialismo, la del profeta y la del fundador, veamos ahora cuál era el ambiente social en el que se desarrolló el alumbramiento de la nueva fe, que, por suerte para el último, era de una volatilidad extrema. Las diferencias sociales en las últimas décadas de la Rusia zarista eran casi infinitas, mediando un abismo entre la aristocracia y los obreros y campesinos, que eran tratados como si fueran ganado. Mientras que la aristocracia rusa era la más rica del mundo, viviendo en un delirio permanente de fiestas y operas, los campesinos rusos tuvieron la condición de siervos hasta pocas décadas antes de que comenzara la Revolución. De hecho, podían ser vendidos como parte del ajuar de las tierras, de las que eran un elemento más. Tal vez lo que más escenifique todo lo que separaba a ambas realidades coexistentes, era el hecho de que la aristocracia había adoptado la lengua francesa como lingua franca, despreciando al ruso, que era dejado para las clases inferiores. Y es que no hay que olvidar que el Imperio ruso era una autocracia, en la que el poder emanaba directamente de Dios, y en la que los zares, a semejanza de sus ancestros, los basileos de Constantinopla, gobernaban de forma despótica sobre sus súbditos. Aunque, eso sí, se dieron numerosos intentos de reforma social, industrial y económica décadas antes de la Revolución. El gobierno zarista, que no era del todo ciego a los excesos de su propio régimen, pretendió sin éxito industrializar el país para, de esta manera, homogeneizarlo a los países más avanzados de Europa. Alejandro III, tomando buena cuenta del asesinato de su padre, Alejandro II, fue un zar especialmente autoritario que gobernó el Imperio con mano de hierro. No obstante, durante su reinado se llevó a cabo uno de los grandes intentos de modernizar el país: la construcción del ferrocarril transiberiano, que atravesaba todo la Rusia zarista. Alejandro III murió con tan sólo 49 años, dejando como sucesor al apocado Nicolás II.

Nicolás II heredaba un Imperio increíblemente grande y poderoso sobre el papel. En realidad, lo que heredaba era una situación tremendamente volátil, en la que las crisis se sucedieron ininterrumpidamente. Nicolás II tuvo una premonición de lo que sería su vida cuando, con tan sólo trece años, asistió a la agonía de su abuelo, el zar Alejandro II, al que un atentado terrorista había cercenado las piernas y truncado su existencia. Fue una figura trágica y un personaje ambivalente, pues fue un pobre infeliz para unos, y Nicolás el Sanguinario para los creyentes socialistas. Hoy día podemos decir que era alguien al que el traje de emperador autocrático, en tiempos especialmente convulsos, le quedaba demasiado grande por su carácter tímido. Dice mucho de su persona, el hecho de que en su entorno familiar fuera siempre conocido con el cariñoso diminutivo Nicky. El pobre Nicky tuvo un reinado especialmente prolífico en desastres, siendo el primero de ellos la aplastante derrota rusa en la guerra contra el Japón de 1905. Esta fue la primera vez que un pueblo asiático, considerados en la época como inferiores, venció a un pueblo europeo en conflicto. Recordará el lector que, a principios del siglo XX, los diferentes países europeos gobernaban el mundo, con el Imperio inglés a la cabeza, seguido de cerca por el novísimo Imperio alemán. Y todo ello, mientras en otras partes del globo se cocían a fuego lento poderes industriales, económicos y bélicos que, andando las décadas, darían mucho que hablar: los Estados Unidos de América o el Imperio del Sol Naciente. En teoría, los rusos debieron merendarse a los japoneses sin ningún tipo de esfuerzo. En la práctica, salieron tremendamente escaldados del conflicto, con un inmenso menoscabo de su reputación internacional.

Fruto de esto, fue la fallida Revolución de 1905, en la que los obreros de San Petersburgo deciden hacer una huelga general del tres al ocho de enero, en la que reclamaban un mayor sueldo y menores horas de trabajo. La manifestación acabó dispersada abruptamente cuando, a las puertas de la residencia imperial, el Palacio de Invierno, las tropas zaristas disparan contra una multitud pacífica, causando numerosos muertos. Esta Revolución, pese a ser fallida, debió de advertir a los jerarcas de régimen zarista cómo de caldeada estaba la situación. Sólo sirvió para dejar atrás años de incertidumbre política e intentos fallidos de solución, como las sucesivas Dumas (Parlamentos), a las que el zar, siguiendo las enseñanzas de su autoritario padre, se opuso férreamente, enrocándose de manera suicida en sus privilegios autocráticos.

La situación del Imperio ruso se agravó considerablemente en 1914, el año en que Europa decidió inconscientemente suicidarse. Rusia, que luchó en el bando aliado, no estaba en absoluto preparada para entrar en el conflicto, por las delicadas circunstancias sociales, políticas y económicas por las que atravesaba. Irónicamente, el decadente Imperio zarista era visto desde fuera como un enemigo formidable, que poseía ingentes cantidades de recursos naturales y un flujo inagotable de soldados. Soldados que, escasamente entrenados, deficientemente armados, mal comidos y peor mandados, acabarían siendo carne de cañón en numerosos ocasiones, coleccionando derrota tras derrota hasta que, en una de las peores decisiones de su reinado, el pobre Nicky decidió tomar el mando supremo de sus tropas. De esta manera, todas las catástrofes provenientes del frente, así como el hambre y la enfermedad de retaguardia, pudieron ser imputadas a Nicolás II el Sanguinario. La tragedia se consumó en 1917, año en que los alemanes deciden sacar a Rusia del tablero, inoculando el virus comunista en la tierra del zar, para lo cual financiaron a los bolcheviques. Así, conseguían cerrar el frente Oriental, pudiendo arremeter con todos sus recursos contra una Francia e Inglaterra que, a la espera del apoyo estadounidense, estarían contra las cuerdas frente a todo el poderío germánico. En 1918, con la firma del tratado Brest-Litovsk, la Rusia soviética quedaba fuera de la Gran Guerra, cediendo una parte ingente de territorio a Alemania, en uno de los episodios de traición más vergonzosos de la Historia. Pero Rusia no quedó al margen de las armas, pues una pavorosa guerra civil tuvo lugar de 1918 a 1921, en la que triunfó el bolchevismo, reinante hasta la disolución de la URSS a comienzos de los noventa.

Entre todos estos acontecimientos, la familia imperial de los Románov, ya depuestos, fueron sacados de la ecuación de manera salvaje por medio de una tétrica y chapucera ejecución, en la madrugada del 17 de julio de 1918, en su encierro de Ekaterimburgo. La matanza se consumó mediante el sencillo expediente de leerles una breve sentencia de muerte y empezar a disparar. Los Románov y sus acompañantes tuvieron que ser rematados a bayonetazos y mediante disparos en la cabeza, ya que las balas y las bayonetas eran desviadas por las joyas que tenían escondidas bajos sus ropas. De esta abrupta y violenta manera concluía una dinastía que había regido los destinos de Rusia durante más de tres centurias.

Su autor es Juan Eslava Galán, escritor prolífico por antonomasia, que ha gozado de una brillante trayectoria de premios entre los que destaca el Planeta, el Ateneo de Sevilla y el Primavera 2015. Se doctoró en letras en la Universidad de Granada con una tesis sobre la poliorcética en el Reino de Jaén, siendo catedrático de Instituto hasta su jubilación. Su carrera literaria cuenta con una curiosidad ya que escribió bajo pseudónimo varias novelas de ambientación templaria con el nombre de Nicholas Wilcox. Suele escribir novelas o ensayos, de entre su producción destaco: Homo Erectus, En busca del unicornio, El catolicismo explicado a las ovejas, El mercenario de Granada, La década que nos dejó sin aliento, Historia del mundo contada para escépticos, Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie e Historia de España contada para escépticos. No es la primera vez que obras suyas aparecen en el blog pues Lujuria, Avaricia, Viaje por el Guadalquivir y su historia, Últimas pasiones del caballero Almafiera y La madre del cordero fueron reseñadas en su momento.

La revolución rusa contada para escépticos es una edición original de la editorial Planeta. No obstante, el volumen que poseo ha sido editado por el Circulo de Lectores en 2017. Cuenta con tapa dura con sobrecubiertas y un total de 407 páginas. Como todos los libros de divulgación histórica de Juan Eslava Galán, tiene un apartado gráfico muy cuidado, en el que destacan dos cuadernillos centrales a todo color, que reproducen cuadros, fotos, imágenes y numismática del periodo. También, a lo largo del texto, hay multitud de reproducciones de todo tipo, esta vez en blanco y negro. Este fabuloso apartado gráfico, unido a las siempre inteligentes y para nada molestas notas a pié de página, conforman una edición muy cuidada, que por sus escuetas medidas sienta muy bien a la mano, y que se complementa con una útil cronología, un índice onomástico y una abundante bibliografía, para todos aquellos lectores que deseen profundizar en la materia. Puede ser encontrado en librerías a un precio de 21,50 €.

Me ha gustado mucho La revolución rusa contada para escépticos de Juan Eslava Galán, ya que narra los hechos que más relevancia tuvieron para el desarrollo del cercano y sangriento siglo XX. Aunque el periodo histórico no se presta a muchas bromas, Eslava Galán, siempre desde una perspectiva escéptica de la vida, cuenta los acontecimientos con bastante humor. Por ejemplo, somos testigos del peligrosísimo periplo por tierras rusas que un bailaor de flamenco español decide emprender con nula fortuna durante la Revolución. De esta manera, el maestro Juan Martínez, en busca de mejores perspectivas laborales en un continente empobrecido por la Gran Guerra, decide probar suerte al calor de la fabulosamente rica aristocracia rusa. Así, observamos la cómica y absurda escena de un Juan Martínez, vestido de corto con chaquetilla de terciopelo y alamares, deambulando por las calles de un Moscú en pleno desparrame revolucionario. Por todo ello, recomiendo encarecidamente su lectura.

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