Reseña del libro: “Últimas pasiones del caballero Almafiera” de Juan Eslava Galán

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro: Últimas pasiones del caballero Almafiera de Juan Eslava Galán, en el que nuestro escritor jienense más prolífico nos traslada a una época crucial en el destino de la cristiandad en general y de los reinos cristianos peninsulares en particular: la batalla de las Navas de Tolosa. Fue en esta gran confrontación donde se jugó el destino de la civilización cristiana pues un poderosísimo Imperio almohade, cuyo poder se extendía por gran parte del Norte de África, estaba decidido a expandir el islam por toda Europa.

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Últimas pasiones del caballero Almafiera de Juan Eslava Galán
Portada del libro Últimas pasiones del caballero Almafiera de Juan Eslava Galán

El antecedente inmediato de los hechos narrados en Últimas pasiones del caballero Almafiera es la batalla de Alarcos, que tiene lugar en lo que hoy día es Ciudad Real el diecinueve de julio de 1195. Nos encontramos en el periodo posterior al derrumbe del poderoso emirato de Córdoba, en el cual numerosísimos reyezuelos gobiernan los restos del naufragio del brillante al-Andalus cordobés. En estos tiempos, la decadencia de la pléyade de reinezuelos musulmanes de la península es tan acuciante que los propios andalusíes se ven forzados a pedir ayuda a sus correligionarios africanos, infinitamente más rigurosos que ellos en la practica de la fe islámica, a los que les encantan las tierras ultramarinas y deciden quedarse. Por eso, al arrancar los hechos de la novela, al-Andalus es una provincia más del Imperio almohade. En Alarcos el califa almohade Abu Yaqub Yusuf al-Mansur aniquiló a la flor y nata del ejercito de la Castilla de Alfonso VIII, que cometió grandes errores tácticos que le llevaron a una derrota catastrófica. El primero de los grandes errores se materializó cuando Alfonso VIII tuvo a bien no esperar los refuerzos del rey de León, algo similar a lo que le ocurrió al emperador Valente en el desastre de Adrianópolis, ya que no quiso esperar a las tropas de su sobrino, el emperador Graciano. El segundo, y tal vez decisivo, fue que Alfonso VIII mantuvo a sus mesnadas y caballeros formados al sol la jornada anterior a la batalla con toda la equipación militar, tanto ofensiva como defensiva, encima (yelmo, almófar, loriga, brafoneras, espada, lanza, escudo, etc) en pleno verano, en el sur de España. En el otro bando, las tropas almohades descansaron todo el día y salieron a luchar a la mañana siguiente frescos y en plena forma física.

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Contraportada del libro Últimas pasiones del caballero Almafiera de Juan Eslava Galán

Al empezar la batalla la caballería cristiana avanzó en bloque sobre la primera fila del ejercito almohade, formada por la carne de cañón (árabes, andalusíes, voluntarios de la fe, cenetes, etc), destinada a ralentizar el avance cristiano. A la vez que cargaba la caballería cristiana, el segundo cuerpo del ejercito califal, formado por los propios almohades y con Abu Yaqub al frente, flanqueó a los cristianos, envolviéndolos e incapacitando que los caballos pudieran ganar espacio y lanzarse de nuevo a la carga. La caballería cristiana, que seguía el exitoso modelo de la caballería franca, era de tipo pesado, encontrándose los gigantesco caballos de batalla recubiertos por una gualdrapa y basando su poder destructor en arrollar al enemigo con su irresistible empuje. Por el contrario, la caballería islámica era ligera, fiando todo en la conocida técnica del tornafulle, consistente en fingir una retirada para que la caballería pesada cristiana les persiguiera y, cuando se encontrasen debidamente agotados, volverse en un rápido contraataque y acabar con ellos. Los almohades llegaron a contar con tropas turcas, enviadas desde Asia menor, sumamente fogueadas en la lucha contra los cristianos por su acoso al declinante Imperio romano del Oriente. Eran los arqueros turcos en los albores del siglo XIII la mejor caballería ligera del mundo, temibles arqueros montados a caballo, capaces de sostener una velocidad, cadencia de tiro, puntería y penetración con sus arcos temible. El resultado fue una masacre para los cristianos, el propio rey Alfonso VIII tuvo que huir a uña de caballo del campo de batalla para salvar su vida. El recuerdo del exterminio de sus mesnadas, de sus familiares y amigos le atormentó el resto de su vida, de ahí que, andando el tiempo, luchara por conseguir que el Santo Padre convocase una Cruzada para desquitarse de semejante descalabro y, Dios mediante, le ayudara a reconquistar la totalidad del antiguo solar del reino visigótico de Toledo, perdido en el siglo VIII.

En el año 1212, cuando comienzan los hechos narrados en Últimas pasiones del caballero Almafiera, el nuevo gobernante almohade y Comendador de los Creyentes, Muhámmad An-Nasir, al que los cristianos conocerán como Miramamolín por la transliteración de su título en árabe (Amir Al-Mu´minin), decide emular la gloria de su padre, el vencedor de Alarcos, y elevar su prestigio más allá, tal vez porque se sabía un gobernante débil, pues se propone acabar con la cristiandad conquistando toda la Europa cristiana y, como recogen las crónicas: “abrevar mi caballo en las aguas del Tíber”. Eran los almohades, término que deriva del árabe al-muwaidum (los unitarios), la tribu que sucedió a los almorávides una vez que iniciaron su decadencia. Así, los reemplazaron como gran Imperio y espada del islam en el Magreb. Siguiendo al fervoroso asceta Ibn Tumart, su exitoso caudillo y fundador del Imperio almohade, Al-Mumin, consigue extinguir y heredar el poder almorávide. Una vez que Al-Mumin puso en orden el Norte de África, pasó a encargarse de la administración de al-Andalus, por aquél entonces muy acogotado por el lento pero imparable avance cristiano. Los almohades, tribu bereber originaria de la montaña, no pudieron mantener su Imperio cohesionado durante mucho tiempo al ser demasiado extenso para los medios de la época y estar conformado por pueblos muy distintos. Efectivamente, después de la derrota de las Navas de Tolosa, el Imperio almohade entró en una espiral de decadencia que lo llevó a su fin escasas décadas después.

Una vez visto el panorama histórico, pasemos a analizar someramente los personajes que nos presenta Juan Eslava Galán en su novela. La acción recae principalmente en don Gualberto de Marignane, caballero en la treintena larga, muy baqueteado por la vida, temible guerrero y curtido en las lides del amor. Don Gualberto nació hijo segundón de una familia noble del Languedoc, lo cual lo condenó al ejercicio de las armas, pues su hermano mayor y primogénito sería el encargado de heredar las tierras familiares. Fue en Oriente en donde don Gualberto aprendió el oficio militar en una época fascinante pues estuvo presente en el saco de Constantinopla de 1204. Este fue uno de los episodios más negros de toda la historia de la cristiandad católica: el asalto, saqueo y posterior reparto de las provincias del Imperio romano del Oriente entre Venecia y los señores latinos, acontecido en el seno de la IV Cruzada, que, en teoría, estaba destinada a reconquistar Jerusalén, tomada por Saladino en 1187. Posteriormente, don Gualberto pasó largos años en Bulgaria, donde se enamoró locamente de una princesa bizantina, llamada igual que su famosa abuela: Ana Comnena. Lamentablemente, este amor acabó de manera desastrosa, marcando a fuego el carácter de don Gualberto. Cansado de batallar y desengañado de la vida, don Gualberto decide regresar de Oriente con el botín acumulado de sus largos años bélicos. Decide invertir el fruto de su esfuerzo en comprar el solar familiar de su hacienda, hábilmente dilapidado por su hermano mayor pero, como muchas veces acontece en la vida, la mala suerte se ceba en nuestro caballero ya que sus tierras, el ducado de Marignane, se encuentran en pleno epicentro de la herejía cátara y han sido cedidas a un barón franco llamado don Hugo de Tours, el que será su mortal enemigo. Los cataros fueron una herejía cristiana que arraigó en el sur de Francia y, cuya creencia en que todo lo relacionado con el mundo físico era pecado, les llevó a ser muy críticos con la jerarquía católica. La labor de la Iglesia no se hizo esperar y se convocó una Cruzada, llamada albigense, para erradicar tan perniciosa herejía. Por todo esto, al arrancar la novela y conocer a don Gualberto, nos encontramos con un caballero escéptico ante la vida y menesteroso en su peculio, al que, no obstante, las tropas que acaudilló en Oriente conocieron como Almafiera por su bravura en combate.

El otro gran personaje es el de doña Eliabel, la triste malmaridada, tremendamente infeliz en su matrimonio, concertado por motivos económicos, con don Hugo de Tours. Doña Eliabel está casada con un bruto cuya fama de maltratador es notoria ya que mató a su anterior esposa. Representa el arquetipo de la encorsetada mujer medieval y contrasta con la figura de la liberal abadesa, doña Ermengarda; desea escapar de su triste cárcel de humillación y sometimiento encontrando el amor verdadero. Y es que este es uno de los pilares de Últimas pasiones del caballero Almafiera: la dualidad entre el despertar al amor de doña Eliabel y el amor crepuscular del que todo lo ha vivido, y todo lo ha sufrido, el caballero Almafiera. También se refleja, siempre con un acertado tono humorístico, la eterna dualidad entre el consentido amor del matrimonio, y el prohibido, aunque tal vez más gratificante, amor infiel.

Últimas pasiones del caballero Almafiera es una novela de ambientación medieval y, como tal, refleja la atmosfera de dicha época. Por sus páginas apreciamos una sociedad dividida en oratores, laboratores y bellatores o, lo que es lo mismo, gente que reza (el clero), que guerrea (la nobleza) y que sostiene todo el chiringuito con su trabajo (el sufrido pueblo llano). Además, el bajo pueblo tenía la desgracia de ser la carne de cañón en las batallas, pues era obligado a presentarse a las mismas mal armado y peor entrenado. Es la medieval una sociedad en la que la cuna va a marcar a qué estamento se pertenece, siendo las posibilidades de ascenso social virtualmente inexistentes y, generalmente, asociadas con la guerra. Precisamente, Juan Eslava Galán recoge la figura de Antón Gonzo, aspirante a caballero villano, que guerrea con la esperanza de conseguir un caballo de batalla y botín suficiente para alimentarlo para, de esta manera, elevarse del arroyo en el que nació. Eso sí, es también una sociedad la medieval en la que el pueblo puede ver a su clase gobernante (reyes, condes, obispos) cargando en mitad de la batalla y, a diferencia de nuestra época, les queda el póstumo consuelo de saber que, si vienen mal dadas, el poder democratizador de la muerte igualará la tragedia. Como observará el lector, en nuestro avanzado mundo algo así es casi impensable, siendo nulas las ocasiones en que nuestra clase gobernante (políticos, banqueros, sindicalistas, empresarios) tienen a bien compartir los frutos de las crisis económicas o de los atentados terroristas.

Su autor es Juan Eslava Galán, escritor prolífico por antonomasia, que ha gozado de una brillante trayectoria de premios entre los que destaca el Planeta, el Ateneo de Sevilla y el Primavera 2015. Se doctoró en letras en la Universidad de Granada con una tesis sobre la poliorcética en el Reino de Jaén, siendo catedrático de Instituto hasta su jubilación. Su carrera literaria cuenta con una curiosidad ya que escribió bajo pseudónimo varias novelas de ambientación templaria con el nombre de Nicholas Wilcox. Suele escribir novelas o ensayos, de entre su producción destaco: Homo Erectus, En busca del unicornio, El catolicismo explicado a las ovejas, El mercenario de Granada, La década que nos dejó sin aliento, Historia del mundo contada para escépticos, Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie e Historia de España contada para escépticos. No es la primera vez que obras suyas aparecen en el blog pues Lujuria, Avaricia, Viaje por el Guadalquivir y su historia y La madre del cordero fueron reseñadas en su momento.

Últimas pasiones del caballero Almafiera está editado por la editorial Planeta, siendo su primera edición, la reseñada, de febrero de 2012. Cuenta con tapa dura con sobrecubiertas y un total de 520 páginas de buen papel y aceptable gramaje. En su conjunto estamos ante un volumen que cuenta con una edición de calidad, enriquecida con mapas de muy simpática factura; genealogías de reyes; un siempre socorrido glosario de términos medievales; una completa bibliografía; y un muy acertado censo de personajes, en el que se expone sucintamente la biografía de las personalidades del momento, aclarando algunos conceptos históricos. Como nota curiosa, en el texto aparecen varios cameos reconocibles, entre otros los de Arturo Pérez-Reverte y el ya fallecido Rafael –Fito- de Cózar Sievert. Este libro lo compré de segunda mano por 9.90 € en la recomendable librería Libros Alcaná, puede ser comprado nuevo en rústica por 9.95€.

Me ha gustado mucho Últimas pasiones del caballero Almafiera de Juan Eslava Galán pues es, amén de una excelente novela, un autentico tratado de Historia que nos traslada a un momento de muchísima incertidumbre, en el que los dados del Destino rodaban por el tapete de los siglos y pudimos, de haber sido otro el resultado de la batalla de las Navas de Tolosa, haber acabado siendo algo muy distinto a lo que aún somos. Como hecho más notorio, aquél ya lejano dieciséis de julio de 1212, salieron a luchar y a morir (“señor obispo, hoy morimos todos”) tres reyes hispánicos: Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII el Fuerte de Navarra y Pedro II de Aragón (los reyes de Portugal y de León tuvieron cosas mejores que hacer en esa ocasión y no aparecieron), se enfrentaron a un ejercito muy superior en número que les había machacado en el enfrentamiento precedente, el de Alarcos en 1195, y juntos lograron lo impensable. Tal vez esta sea una buena reflexión para estos tiempos de incertidumbre, pobreza y desgarro por los que atravesamos. Por todo ello, recomiendo encarecidamente la lectura del libro.

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Un comentario en “Reseña del libro: “Últimas pasiones del caballero Almafiera” de Juan Eslava Galán

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