Reseña del libro: “La Alexíada” de Ana Comnena

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo La Alexíada de Ana Comnena, volumen en el que nos trasladamos al Oriente cristiano medieval, en concreto hasta una Constantinopla que, acosada en todas sus fronteras, se repliega en todos los frentes hasta bordear el colapso. Con casi todo perdido y a punto de desaparecer, los bizantinos se vieron en la necesidad de echar mano a su característica resiliencia. Así, Alejo Comneno ascendió hasta la purpura y, merced a un dilatado y belicoso reinado, consiguió aupar a Bizancio hasta lo más alto en el último periodo de esplendor de su milenaria historia.

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Portada de La Alexíada de Ana Comnena.

Para entender cual es el marco histórico en el que se desarrolla La Alexíada tenemos que situarnos justo después del que fuera el apogeo medieval de Bizancio, el reinado de Basilio II el Bulgaroctono. Durante el reinado de este emperador Constantinopla destruye el cercano y fabuloso poder de los búlgaros, anexionándoles al Imperio y volviendo a situar el limes en la frontera del Danubio tras muchos siglos. Las lejanas posesiones del Sur de la península italiana también se logran mantener, siendo un desafío tan cercano como directo a la autoridad del papa de Roma, que tiene que tolerar la presencia de cristianos de rito ortodoxo y costumbres griegas en la propia Italia. Armenia y gran parte de Siria fueron anexionadas por tropas bizantinas, Constantinopla volvía a hollar tierras de las que había sido expulsada en el siglo VII. Lamentablemente, Basilio II no contó con sucesores dignos de su nombre y, a su muerte, el Imperio entró en una espiral de conflictos intestinos y desastres en todos los frente que lo sumieron en una espiral de decadencia terminal. En una entrada anterior reseñamos Materia de Historia de Nicéforo Brienio, marido de Ana Comnena, en la que se explica con mayor claridad todo este periodo. El Imperio se desgarró con la pugna entre la aristocracia militar y civil, lo cual dio como resultado muchos emperadores de breve y débil reinado, mientras era atacado en todas sus fronteras: en los Balcanes por los pechenegos, en la península italiana por los normandos y en el propio corazón del Imperio, Asia Menor, por los turcos selyúcidas. A partir del desastre de Manzikert en 1071 prácticamente se pierde Anatolia, el territorio que había suministrado los mejores soldados y los impuestos mas sustanciosos al Imperio desde que perdiera las joyas de la corona (Egipto, Siria, Norte de África, etc) con el levantamiento de los árabes en el siglo VII.

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Contraportada de La Alexíada de Ana Comnena.

Esta es la agónica situación en la que un joven Alejo I sube al trono cuando el Imperio estaba en trance de disolución. Fue el suyo un reinado largo y extraordinariamente cruento pues estuvo guerreando la práctica totalidad de su mandato. Su política se encaminó a recuperar los territorios de Asia Menor ya que, amen de ser el núcleo del Imperio medieval, hacía pocos años que estaban en manos islámicas por lo que podrían ser fácilmente anexionados de nuevo. Aunque el Occidente también le dio numerosos quebraderos de cabeza pues tuvo que hacer frente a los pechenegos en los Balcanes y, muy especialmente, al poder devastador de esos dos rayos de la guerra, padre e hijo, que fueron Roberto Guiscardo y Bohemundo de Tarento. Curiosamente, el hecho mas destacable de todo su reinado también le vino por el Occidente, pues fue Alejo I el Grande el basileo coetáneo de la I Cruzada. La I Cruzada tuvo su origen en la petición de ayuda que hizo Alejo al papa de Roma y a los príncipes cristianos occidentales en demanda de tropas para poder acometer su reconquista de Asia Menor. Desde el punto de vista bizantino, siempre olvidado a la hora de enjuiciar las Cruzadas ya que sólo se tiene en cuenta la perspectiva occidental e islámica, esa petición de ayuda fue un hecho aislado y rutinario. Los bizantinos no podían ni sospechar el diluvio de tropas, nobles, peregrinos y aspirantes a mártires que se les venía encima en un periodo de incertidumbre y postración. Y, lógicamente, se asustaron mucho cuando vieron las ingentes muchedumbres acampadas enfrente de las murallas de la capital esperando su traslado hacia territorio infiel.

Esta I Cruzada dio inicio a la hostilidad en Occidente hacia todo lo griego u ortodoxo que, como bien sabe el lector, en la actualidad aún colea y que se muestra en el recelo que sentimos hacia Rusia, o en la situación agónica en la que está Grecia hoy día. La I Cruzada posibilitó que el Occidente de Europa, tras siglos de largo sopor medieval, entrara en contacto con el declinante aunque aún próspero Oriente por primera vez desde la caída del Imperio romano de Occidente en el 476. Aunque, para ser exactos, mas que un encuentro fue un topetazo repentino y desagradable ya que, desde el prisma bizantino, los occidentales eran un conjunto disgregado de nobles que venían a buscar fortuna a Oriente con la excusa de la liberación de Tierra Santa de manos de los musulmanes. De la misma forma, para los occidentales los bizantinos conformaban un pueblo cobarde y tornadizo del que no se podían fiar y que, para colmo, tenía más en común con los infieles islámicos que con los cristianos sujetos a la autoridad del papa. Lo cual era lógico ya que los bizantinos estuvieron en contacto con el islam desde su eclosión en el siglo VII, mientras que sólo los cruzados provenientes de los reinos hispánicos, en los que se libraba otra Cruzada, habían entrado en contacto con la cultura musulmana. Todo esto traerá, andando el tiempo, siniestras consecuencias para Bizancio pues, a su progresiva colonización comercial por Venecia y Génova, habrá que sumar el peligro constante para el Imperio que supondrán los occidentales, teniendo todo esto su punto culminante en el infame 1204 cuando las tropas de la IV Cruzada, acaudilladas por Venecia, tomaran al asalto Constantinopla y repartiesen gran parte de sus provincias entre príncipes latinos.

A partir de Alejo I el Imperio comienza a descapitalizarse en su milicia, pues a la ruina económica se le une el hecho de haber perdido las provincias que tradicionalmente han conformado su ejercito. De esta manera, Bizancio cada vez más tendrá que fiar su defensa en tropas mercenarias, lo cual da origen a pavorosos desastres como el avance turco por los Balcanes o la sangrienta Venganza Catalana de los almogaraves aragoneses. Exactamente el mismo fenómeno se aprecia en la marina de guerra, pues Bizancio decide subcontratar su defensa marítima a la República de Venecia que, cual garrapata, irá chupando el flujo comercial del Imperio hasta llevarlo a su ocaso. A este respecto, los intentos de contrarrestar la hegemonía veneciana dándoles beneficios a otros repúblicas mercantiles, como Génova o Pisa, lo único que conseguirán es empobrecer aún más el comercio bizantino supérstite.

Llama la atención la semblanza que realiza Ana Comnena de su padre, el emperador, de la que no sale muy gallardo pues nos cuenta que Alejo era pequeño de estatura, algo cargado de espaldas y sufría una extraña dolencia en los pies debida, probablemente, al trasiego de su belicosa existencia. También padecía algún tipo de defecto en el habla ya que algunos enemigos, a falta de un defecto más grave, lo llamaban el Tartamudo por su peculiar pronunciación de ciertas letras. Para comprender cabalmente su biografía, hemos de hacer mención una vez más a las muchas guerras que entabló en todos los frentes tradicionales; y a la desagradable sorpresa que representó el chocarse de bruces con un Occidente que renacía de su larga postración medieval. Merced a esas guerras y a que las acciones de su gobierno fueron excepcionalmente inteligentes, Alejo I supo aprovechar esa avalancha humana que fue la I Cruzada para retomar parte de los territorios perdidos recientemente. Con su diligente gestión imperial logró revertir una decadencia que parecía irremediable y dotar al Imperio de renovada sabia, lo cual posibilitó que Constantinopla pudiese sobrevivir varios siglos más hasta su caída en 1453. Alejo también tuvo un destacado papel en materia religiosa ya que defendió la ortodoxia como elemento indispensable para cohesionar el fragmentado Oriente cristiano, para lo cual tuvo que luchar contra diferentes herejías, que campaban a sus anchas en territorio imperial: los bogomilos, los paulicianos y los maniqueos. Desgraciadamente, Alejo I no fue afortunado en su familia ya que, a su muerte, tan gran emperador fue inhumado a toda prisa y casi de tapadillo, apenas un día después de su óbito ya que su mujer, Irene Ducas, y su propia hija, la autora del libro reseñado, estaban inmersas en una conspiración para deponer al legítimo heredero al trono, Juan Comneno.

La Alexíada está editado por la editorial Ático de los libros, siendo su primera edición, la reseñada, de noviembre de 2016. Cuenta con tapa dura con sobrecubiertas y con un total de seiscientas cuarenta y seis páginas, siendo su papel de adecuada calidad y gramaje. Estamos ante una edición bastante cuidada que destaca por tener varios mapas, que reflejan los principales edificios de Constantinopla y la situación de su Imperio a la muerte de Alejo I, árboles genealógicos, una muy cuidada introducción a cargo del traductor de la obra, Emilio Díaz Rolando, en la que se nos presenta el marco histórico de la obra, pocas aunque útiles notas a pié de página, reproducciones de obras de arte en blanco y negro y, por último, un índice onomástico y de materias. Es una edición que se siente sólida a la mano y, pese a contar con numerosas páginas, no abruma con su peso. Su precio es de 34.50 €.

La autora de La Alexíada es Ana Comnena, hija primogénita de Alejo I y de Irene Ducas y, por lo tanto, llamada a heredar el trono. Ana Comnena tenía la consideración de ser Porfirogéneta o, lo que es lo mismo, nacida en la habitación rodeada de mármoles purpuras en la que tradicionalmente las emperatrices daban a luz a sus hijos, lo cual era un motivo de orgullo y de distinción al alcance de muy pocos en la sociedad bizantina. Como consecuencia del nacimiento de su hermano Juan, Ana vio sus esperanzas de acceder a la purpura truncadas, pues éste es nombrado sucesor inmediatamente después de su nacimiento. Ana Comnena fue una mujer de gran carácter que nunca se resignó a no ocupar el trono, gozó de una educación de élite y estuvo situada en el epicentro del poder, de ahí que su crónica tenga una importancia superlativa a la hora de conocer el periodo histórico que le tocó vivir. Tampoco podemos olvidar que estamos ante una obra que trata de legitimar no sólo la figura de su padre sino, además, la suya propia pues, al realzar los hechos del reinado de su padre, empequeñece las acciones de gobierno de su hermano y de su hijo y sucesor, Manuel I Comneno. Giño cómplice en el que está indicando al lector que ella hubiera continuado la senda gloriosa de su padre si no hubiese sido apartada del trono por ser mujer. Recientemente su figura ha sido tomada como referente por George R. R. Martin a la hora de crear su célebre personaje de ficción, Cersei Lanister.

Es complicado no imaginar a una anciana Ana Comnena en el convento en el que lleva décadas recluida pergeñando la historia que va a narrar en su Alexíada, en la que piensa ajustar cuentas con todos aquellos que le imposibilitaron cumplir su sueño: ser emperatriz de Bizancio. Su aspiración no era descabellada ya que, pese a contar con varios hermanos varones, era ella la primogénita; y, además, el Imperio romano del Oriente contaba entre su dilatada lista de gobernantes con numerosas mujeres en la purpura. Me resulta casi imposible no evocarla mirando el tráfico de embarcaciones en el Cuerno de Oro, demasiadas naves con el león de San Marcos como enseña, planeando su particular venganza, la única posible a esas alturas, la de quien se sabe vencida por el inmisericorde tiempo, puesta ya el pié en el estribo. Esa particular venganza es la que reseño hoy. La historia de un brillante fracaso. Recomiendo encarecidamente su lectura.

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