Mesopotamia

!Hola bizantinos! Hoy os traigo la historia de las primeras civilizaciones humanas, aquellas que eclosionaron y colapsaron entre los cauces de los ríos Tigris y Éufrates. A este rincón del planeta se le conoció por el término griego Mesopotamia (tierra entre ríos) desde la Antigüedad y abarca varios milenios de existencia, pues fue en las feraces orillas de ambos cursos fluviales dónde se produjeron por primera vez en nuestra Historia los excedentes agrícolas necesarios para la creación de las primeras ciudades. Aunque el legado mesopotámico no acaba ahí, pues a la tierra entre ríos debemos avances científicos capitales como la invención de la escritura, la rueda, el calendario, la división sexagesimal del tiempo, la astrología, etc. Pero sin duda lo que marcó un antes y un después en la Historia fue el desarrollo de la escritura, que permitía dejar constancia de los hechos acaecidos en el pasado para que las generaciones posteriores se enriquecieran con este conocimiento. Gracias a la escritura conocemos cómo eran los habitantes de Mesopotamia, las hazañas de sus reyes, las guerras entre Imperios, las aventuras de sus héroes y el poder de sus dioses. Curioso invento éste de la escritura que nació a modo de proto-contabilidad ya que había que plasmar un número creciente de datos que abarcaban cosechas, transacciones comerciales, entregas de tributos, diezmos a los templos, etc, para los que la memoria humana no era capaz de gestionar.

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León moldeado con ladrillos esmaltados perteneciente al Imperio Neobabilónico, último periodo de gobernación autóctona de Babilonia.

La Mesopotamia histórica constituía más territorio que el comprendido entre el Tigris y el Éufrates ya que esa extensa franja de terreno, también conocida como Creciente Fértil por su forma de media luna, abarcaba desde el Golfo Pérsico hasta Siria, teniendo en el Levante mediterráneo hasta la desembocadura del Nilo y en la propia Anatolia zonas de influencia en la que convergieron los distintos Imperios mesopotámicos. Es curioso comprobar como la historia de la Mesopotamia independiente, que abarcó desde sus inicios en la noche de los tiempos hasta la conquista persa de Ciro II el Grande en el 539 a. C., es una historia marcada por guerras, conquistas, saqueos, invasiones de pueblos nómadas, colapsos económicos provocados por el agotamiento de los campos y deportaciones masivas constantes. En definitiva, una historia que nos habla de un tierra extensa y rica, plagada de ciudades estado que siempre pretendieron imponer su yugo a sus vecinos.

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Zigurat de Ur

Para entender todo ello debemos comprender que el territorio mesopotámico fue un extenso vergel en el que la agricultura por primera vez rindió los excedentes de producción necesarios suficientes para destinar a un elevado número de personas a actividades que en nada tenían que ver con la producción de alimentos. El modelo de economía evolucionó de uno basado estrictamente en la subsistencia, a otro que posibilitaría la aparición de numerosos oficios de nueva creación y, de esta forma, surgieron mercaderes que trataron de trocar los excedentes agrícolas y ganaderos en productos, manufacturas y materias primas de los que carecían. Llama la atención el hecho que Mesopotamia poseyera tierras feraces y el preciadísimo recurso del agua pero careciera por completo de casi cualquier otra materia prima, hecho que remediaron en base a un activo comercio con los Imperios vecinos (los hititas, los egipcios, los mitanios, etc), siempre en la difusa frontera entre enemigos y potenciales clientes. La fabulosa red de acequias y canales de regadío que construyeron los habitantes de Mesopotamia posibilitó que se crearan espectaculares infraestructuras hídricas que generaron la riqueza suficiente para que aparecieran sólidas estructuras de tipo político y religioso, fuertemente centralizadas, que tendieron a acaparar cada vez más poder conforme sus recursos aumentaban. O lo que es lo mismo, la Humanidad se sedentarizó y contempló el surgimiento de las primeras ciudades, gobernadas por un rey que era auxiliado por una aristocracia y que contaban con multitud de dioses, en feroz competencia para atraerse fieles, que legitimaban su ascenso al trono y sus actos de gobierno.

Muchos fueron los agentes políticos de relevancia en Mesopotamia pues, generalmente, cuando una ciudad acaparaba el suficiente poder entre sus vecinos intentaba la conquista de todos los territorios que pudiera englobar. Esto dio lugar a un estado de guerra constante en el que siempre había varios poderes hegemónicos en Mesopotamia compitiendo entre sí por asumir la primacía, liderazgo que era discutido nuevamente apenas se alejaban las tropas del conquistador de los territorios recientemente anexionados. Esta situación desembocó en que fueran numerosos los intentos de crear estados sólidos, fuertemente centralizados y duraderos en el tiempo. El primer gobernador en lograr regir toda Mesopotamia bajo su mando fue Sargón el Grande, monarca que levantó un Imperio que abarcaba del golfo Pérsico hasta el Mediterráneo Oriental. El logro era espectacular dado la dilatada extensión de su Imperio, lo rudimentario de los medios de comunicación y lo temprano de dicha conquista pues Sargón reinó del 2340 al 2284 a. C. Esta dinastía acadia duró poco más de un siglo y contó con monarcas tan relevantes como Naram-Sin, nieto de Sargón, que logró consolidar las conquistas de su abuelo e, incluso, extender levemente las fronteras del Imperio.

Las otras dos potencias autóctonas que intentaron la anexión de toda Mesopotamia fueron Asiria, en el Norte, y Babilonia, en el Sur. Ambas tienen la peculiaridad de haber conformado diferentes Imperios a lo largo de los siglos. El Imperio asirio tuvo tres periodos diferentes de apogeo separados por dos periodos intermedios en los que es conquistado. En el primero de ellos su capital, Assur, es un gran enclave mercantil en el que desembocan las rutas comerciales que unen los productos de Mesopotamia con las materias primas de Anatolia. Este protoimperio asirio, de corta duración, es extinguido por el rey Hammurabi de Babilonia. El segundo Imperio asirio duró más pues tuvo una continuidad de casi tres siglos, desde su fundación por Assur-Uballit I, muerto en 1330, hasta su disolución en 1076 a. C. Es en esta época en la que los asirios se ganan su fama de guerreros crudelísimos que tienen cierta predilección por las masivas deportaciones de las poblaciones conquistadas, con las que rompen su unidad cultural, imposibilitando que se levanten nuevamente en armas contra sus conquistadores. Pero fue a la tercera, con el conocido como Imperio neoasirio, cuando Asiria se vuelve el mayor poder autóctono que conociera Mesopotamia pues, durante tres siglos, su reino abarcó no sólo Mesopotamia, sino también los montes Tauro y gran parte de Egipto. En el Imperio neoasirio se estableció un culto militarista al dios Assur que obligaba a cada monarca a ampliar los límites del reino que recibía de su predecesor. Son numerosos los relieves conservados, que antaño adornaron fastuosos palacios, en los que los asirios plasmaron orgullosos su crueldad con los pueblos conquistados y, así, podemos apreciar en dichos relieves decapitaciones, amputaciones, profanación de cadáveres, empalamientos, etc. El apogeo de este tercer Imperio asirio tiene lugar durante el reinado de Assurbanipal, en el que durante unos pocos años a los inmensos territorios de Mesopotamia se le une la práctica totalidad del Egipto faraónico. Su capital, Nínive, fue destruida en el 612 a. C. y Asiria, tras una espectacular, dilatada y resiliente historia, colapsó dejando tan solo la fama de guerreros temibles de sus gobernantes.

La otra gran potencia autóctona mesopotámica fue la famosa Babilonia, el célebre enclave sureño, que también tuvo una primacía serpenteante a lo largo de los siglos. En el primer Imperio babilónico la figura más destacada fue la de Hammurabi, que reinó hacia el 1750 a. C. y que fue famoso por ser uno de los legisladores más importantes de la Antigüedad, pues su corpus legal contenía casi trescientas leyes en lengua acadia y escritura cuneiforme, plasmadas en una estela de basalto de 2.25 metros. El siguiente periodo de apogeo babilónico viene inmediatamente después de la caída del Imperio neoasirio, iniciándose con el reinado de Nabopolasar y conformando el Imperio neobabilónico. Este Imperio neobabilónico, que duró entorno a un siglo y fue algo menor en extensión que el neoasirio, fue el último periodo histórico en el que Mesopotamia es regida por un poder autóctono. Tuvo su apogeo en el reinado de Nabucodonosor II, retratado en la Biblia con tintes siniestros ya que conquistó Jerusalén, saqueó el primer Templo y deportó a su población a Babilonia. A pesar de sus logros, la brillante Babilonia que dejara este rey a su muerte, la cual incluía Siria y Palestina, no tuvo apenas continuidad en el tiempo pues Nabucodonosor II murió en el 562 y Babilonia sucumbe ante Ciro II el Grande en el 539 a. C. Tras la caída de la gran capital sureña, Mesopotamia jamás se volvería a regir por un poder autóctono. Aunque su importancia seguiría siendo capital a lo largo de los siglos pues recordemos, entre otras cosas, que el propio Alejandro el Grande murió en Babilonia, o la pugna secular entre Roma y la Persia arsácida y, corriendo el tiempo, entre Constantinopla y los sasánidas por el control de la riqueza de tan fértil territorio. La importancia de Mesopotamia ha llegado hasta nuestros días en los que su riqueza ya nada tiene que ver con sus feraces tierras y sí con un subsuelo rico en petróleo. Desgraciadamente, la guerra sigue más presente que nunca en ese vetusto rincón del mundo, pues recordemos que estamos hablando de los modernos Iraq y Siria, que un lejano día, hace ya muchos milenios, vio nacer la civilización.

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Esfinge alada, elemento ornamental que servía para defender las puertas de acceso al palacio real.

La imagen de la portada de este artículo está sacada de Flickr y fue tomada por el usuario: Juana Manuel (https://www.flickr.com/photos/27776815@N07/20586854690/in/photolist-6C2BSF-2zVTcP-4HFFAw-vTHu1G-vTHxdU-8F6QVa-vBRauF-vS2nV5-4pTZgW-3WYNjN-7SD5eb-vS2kyw-dwL7ne-xnc1Ew-4pU23f-q549wV-9ArrU-fSmGpQ-cFpPEL-cFpMHU-cFpKv3-6wiMHC-9z4M5x-KqqHrm-6mkLbB-kQjVG-79Y7Aj) bajo licencia Creative Commons. Al igual que la imagen de la esfinge alada que fue tomada por el usuario Jordi Serra Molgó (https://www.flickr.com/photos/shoek/224442466/in/photolist-kQjVG-79Y7Aj-6Gnmwe-79UfTZ-6Gne5a-abdDA5-5qZeSJ-nP898F-nPfXWy-nPmUiG-nwVDm8-nwVwzw-nPmUgY-nPqeik-nMnAXm-nP89ci-79Uf56-aJgVRT-7ixsSg-7ixsEM-7ixsYT-7iBnMh-6GmYFK-75K44D-6Gnusx-6nJvV4-6nJwTp-6nNwFE-), y la del Zigurat de Ur que fue tomada por el usuario David Real 1 (https://www.flickr.com/photos/davidreal/4136659225/in/photolist-7ixsEM-7ixsYT-7iBnMh-6GmYFK-75K44D-6Gnusx-6nJvV4-6nJwTp-6nNwFE-6nJtGF-6nJrYM-6nJpK2-6nND1J-6nJv3v-6nNCvW-6nJxAF-6nJpaK-6nNA69-6nNvMo-6nJuCF-6nNE7J-6nNHkG-6nJvbF-6nNvib-6nNzs3-6nJtS8-6nNGWQ-6), todas bajo licencia Creative Commons.

 

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