Reseña del libro: Count no man happy de Paul Kastenellos

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro “Count no man happy” de Paul Kastenellos, novela histórica que nos transporta a la Constantinopla de las últimas décadas del siglo VIII, en la que las disputas religiosas y las intrigas familiares marcan el día a día de un Imperio romano del Oriente amenazado dentro y fuera de sus fronteras.

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Portada del libro Count no man happy de Paul Kastenellos.

Lo primero que llama la atención de Count no man happy es que su narración se divide en dos arcos históricos muy separados entre sí: por un lado, conocemos a Beth Pagane, una pinup de la década de los cincuenta del pasado siglo fascinada por la Edad Media. Beth es una modelo que, bordeando la treintena, empieza a atisbar que los sueños con los que desembarcó en New Jersey tal vez no se acabaran cumpliendo. Curiosamente, Beth es aficionada a la Historia y, precisamente al sumergirse en libros de índole medieval, llega a su conocimiento el mal llamado Imperio bizantino. Buceando siglos atrás se encuentra Beth con una fantástica y casi desconocida civilización. Esto sirve a Paul Kastenellos para, introduciendo elementos fantásticos con calzador en la narración, unir los destinos de ambos protagonistas. Aunque el autentico protagonista de Count no man happy no es otro que el pequeño Constantino VI, pues el grueso de la historia se desarrolla en su arco temporal.

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Contraportada del libro Count no man happy de Paul Kastenellos.

Para entender cómo es el mundo que habita Constantino VI nos tenemos que retrotraer hasta la Constantinopla medieval de la dinastía isáurica, en pleno periodo de la herejía iconoclasta. Pese a que en el año 476 el Imperio romano de Occidente colapsara, siendo su gigantesco cadáver pasto de numerosos y sucesivos reinos barbaros, en Oriente el Imperio romano sobrevive prácticamente intacto en sus fronteras hasta la eclosión árabe del siglo VII. A partir de las fantásticas conquistas musulmanas el Imperio romano del Oriente poco a poco ha de replegarse en torno a los territorios controlados por su capital, la Nueva Roma o Constantinopla, autentica joya de la poliorcética del Mundo Antiguo. En efecto, la triple línea fortificada que defiende Constantinopla por tierra, amén de las murallas que circunvalan sus tres lados marítimos, posibilitaron su subsistencia hasta mediados del siglo XV. En el periodo en el que se desarrollan los hechos de Count no man happy Constantinopla ha de lidiar con numerosos problemas de muy diferente índole.

Por un lado estaba el tema de la controversia religiosa, autentico fantasma recurrente que acompañó al Imperio desde su nacimiento hasta su final. Superada la herejía monofisita por la pérdida a mano de los musulmanes de los territorios que profesaban dicha fe, Constantinopla ha de vérselas a finales del siglo VIII con el movimiento reformador de la iconoclasia. Como recordará el lector, el cristianismo es una religión en la que confluyen numerosas aportaciones pues, originariamente, era una escisión del judaísmo del que adoptó su núcleo duro de monoteísmo. Pero, al entrar en contacto con la religión pagana greco-romana, esa primitiva herejía judía fue mutando con el transcurrir de los siglos de manera que, cuando es erigida como única religión del Imperio romano en su conjunto a finales del siglo IV, el cristianismo ha adoptado por asimilación numerosos elementos paganos. Uno de ellos fue el culto a las imágenes que, recordemos, está prohibido en las otras dos Religiones del Libro: el islam y el judaísmo. Por lo tanto, siempre han existido teólogos dentro del cristianismo que han visto el culto a las imágenes o iconos como potencialmente herético ya que esa adoración a una pintura o escultura podía incurrir en idolatría. De ahí que, en un periodo especialmente complicado de la historia de Constantinopla en el que los reveses militares antes los musulmanes son constantes, hubiese emperadores que abogasen por el retorno a un culto mas puro mandando destruir los iconos. Mediante la destrucción de los iconos religiosos se recomponía la relación de Dios con Su pueblo elegido, los bizantinos, y, de esta manera, Dios les volvía a otorgar la victoria ante sus enemigos paganos o musulmanes. Estos basileos fueron llamados emperadores iconoclastas, como León III o Constantino V, que, curiosamente, fueron grandes militares que revertieron una situación de postración militar casi terminal. El coste a pagar fue el caos político y la división de la sociedad entre triunfantes militares iconoclastas en un extremo; y el clero y el pueblo del Imperio, fuertemente apegados a sus iconos, en el otro.

Por el otro lado, y sumado a esta situación volátil interna, estaba lo relativo a las fronteras pues Constantinopla en aquella época estaba cercada de enemigos. En el Occidente tenía que luchar contra los paganos búlgaros, pueblo nómada asiático que se asentó en los Balcanes. Los búlgaros bajo la autoridad de su Khan Khardam vencen en repetidas ocasiones a los ejércitos de Constantino VI y su poder llega a ser tan fuerte que amenaza a la propia Tracia, territorio en el que se sitúa la misma capital del Imperio, Constantinopla. Otro potencial rival en el Occidente era el reino de los francos. Reino gobernado por un Carlomagno al que no faltaban muchos años para que el papa de Roma invistiese como emperador de Occidente, en claro desafío a la, hasta entonces, única autoridad imperial de Constantinopla para todo el orbe cristiano. Este hecho inició una larga pugna por ver quién asumiría el legado imperial romano. Pues Occidente, tras un largo periodo de irrelevancia en los siglos que siguieron a la caída de Roma, empezaba a despertar. Constantinopla tendría muy pronto a un enemigo mortal en los cristianos sometidos a la autoridad del papa de Roma.

Aunque no sólo tenía el Imperio enemigos en Occidente pues en Oriente su principal rival era el califa abasí Harun al-Rashid. Éste poseía un Imperio fabulosamente rico bajo su cargo, cuyo eco nos ha llegado amplificado por el relato de las Mil y una noches. Este Imperio abasí, cuya capitalidad residía en Bagdad, era, a grandes rasgos, la unión de las provincias más ricas del Imperio romano unificado, de la practica totalidad del Imperio persa sasánida más la península arábiga. En definitiva, un Imperio que casi aunaba, a excepción del chino, dos de los tres grandes Imperios de la Antigüedad. Bagdad era, por tanto, un rival de primer orden para Constantinopla. Es curioso comprobar, analizando la civilización bizantina en retrospectiva, lo mucho que sorprende el hecho de lo espectacularmente resiliente que fue, teniendo que enfrentarse durante toda su historia a enemigos muy superiores. Capital cultural, faro religioso, fabuloso mercado en el que encontrar las especias y las sedas del rico Oriente, formidable fortaleza y agente civilizador para toda la Eurasia ortodoxa. Todo eso, y aún más, fue Constantinopla durante más de un milenio. No es ruin epitafio para un Imperio, el romano del Oriente, tan desconocido y cuya imagen usualmente nos presenta un reino monolítico, degenerado y meapilas.

En Count no man happy asistimos a todas las intrigas de la corte bizantina del momento. Recordemos que el emperador iconoclasta León IV al morir ha dejado el gobierno del Imperio a su joven hijo Constantino. Siendo su viuda Irene, fervorosa partidaria de los iconos religiosos, la encargada de regir la minoría de edad del pequeño Constantino. El gobierno de Irene descansa en la acción de sus eunucos que despiertan el lógico resentimiento de la aristocracia que se siente desplazada. A todo esto se suma la figura de Nicéforo, hermano del anterior emperador, siempre a la espera de una oportunidad para usurpar la purpura a través de sus tratos con el enemigo búlgaro. De esta forma, Constantino está colocado en una posición muy precaria ya que, para gobernar, habrá de apoyarse en los soldados de Asia partidarios de la iconoclasia; pero sin oficializar del todo su apoyo al partido iconoclasta por temor a perder a todos sus seguidores dentro de los partidarios de los iconos. Y todo esto mientras hace frente a los embates de los enemigos exteriores y a las conspiraciones palaciegas pues su propia madre no tiene ninguna intención de apartarse del poder.

Count no man happy fue publicado por la editorial Apuleius Books en 2011. Se trata de una edición de tapa blanda que destaca por tener varios mapas, que detallan cómo era la situación del mundo mediterráneo y de la propia Constantinopla en el momento en que transcurren los hechos de la novela, y unos muy socorridos diccionarios de términos antiguos y dramatis personae. Elementos siempre bienvenidos cuando estamos ante una novela cuyos hechos acontecieron hace más de un milenio. En definitiva, Count no man happy posee una edición sobria, un papel de adecuada calidad y gramaje y un comportamiento en mano excelente pues tiene un peso reducido (426 gramos) para sus 234 páginas. Tiene un precio de 11,62 €.

Paul Kastenellos, pseudónimo bajo el que se ampara Vincent O´Reilly, es un aficionado a la historia del Imperio romano del Oriente desde hace décadas, ha escrito dos novelas ambientadas en dicho periodo: Count no man happy: a Byzantine Fantasy y Antonina: a Byzantine Slut, dedicada esta última a la controvertida figura de la esposa del general Belisario.

Me ha gustado mucho el libro de Paul Kastenellos pues desvela lo negro que puede llegar a ser el corazón humano al presentarnos una familia imperial corrompida por los celos y las ambiciones. La bella y pía Irene es retratada de manera pérfida, con tintes siniestros, es un gobernante corroído por la pasión de mandar y auto investido de una misión religiosa que la lleva a postergar a su propio hijo, amparándose en una presunta razón de estado ad maiorem Dei gloriam. Por el contrario, la figura de Constantino es enternecedora: el niño basileo al que nadie toma jamás en serio que, aislado en su cárcel de oro, deja pasar la vida ansiando la consumación de su enlace con la princesa carolingia Rotrud. Felicidad esta que, también, le será robada. Por todo ello, recomiendo su lectura.

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