Reseña de la película: “1898: Los últimos de Filipinas” de Salvador Calvo

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la primera reseña de una película en nuestro blog. La elegida ha sido la reciente 1898: Los últimos de Filipinas de Salvador Calvo, largometraje encargado de narrar cómo fue la desesperada resistencia de trescientos treinta y siete días de un minúsculo pueblo filipino en el otro extremo del mundo por parte de un puñado de españoles. Mal armados, mal equipados, con suministros deficientes y no entrenados para el combate. Abandonados a su suerte, en suma, deciden fortificar la iglesia de la aldea de Baler para enrocarse en una resistencia tan perdida como el destino de España y su ya inexistente Imperio.

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Cartel de la película 1898. Los últimos de Filipinas.

Para situar al espectador en el contexto europeo del momento hay que recordar que la Europa de finales del XIX no era un continente envejecido, sin apenas fábricas, con una organización supraestatal desmoronándose a ojos vista, asediado dentro y fuera de sus fronteras y endeudado por generaciones. Nada de eso. De hecho, en aquella época, Europa rige el mundo con puño de hierro. Reino Unido y Francia, con sus respectivos y desaforados imperios coloniales, gobiernan el destino de la Humanidad. Europa es un continente joven que acapara una parte enorme de la población del planeta. Decisiones tomadas en Londres o Paris afectan a varios cientos de millones de personas. Pero no todas la naciones europeas eran igual de poderosas. Había Imperios muy viejos que habían ido debilitándose con el correr de los siglos, como España o Portugal, y naciones jóvenes, que habían nacido en el mismo siglo XIX, que aspiraban a crecer a costa de los países débiles. Los ejemplos paradigmáticos de todo esto eran el II Imperio Alemán, el I fue el Sacro Imperio Romano Germánico, y el Imperio del Sol Naciente, Japón, que, en 1905, iba a ser el primer país no europeo en infringir una contundente derrota a un gran Imperio europeo, la Rusia zarista. Agazapado en su continente, los Estados Unidos de América esperaban la oportunidad de empezar su andadura imperial allende sus fronteras y, para ello, centraron su atención en España, su marcada decadencia y los golosos restos de su gigantesco Imperio que aún nos pertenecían, en especial la caribeña Cuba y la pacífica Filipinas.

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Luis Tosar encarnando al teniente Martín Cerezo

Respecto a la situación de España podemos decir que estaba, una vez más, en caída libre tras un desgraciado siglo XIX extremadamente pródigo en devastadoras pérdidas coloniales, la pérdida de la flota en 1805 en Trafalgar, la invasión napoleónica, pronunciamientos militares, guerra civiles, trienios liberales, revoluciones, décadas ominosas, experimentos republicanos, guerras carlistas, retornos borbónicos y demás desastres. España era, a finales del siglo XIX, un apéndice pobre y atrasado de la boyante Europa que con su luz iluminaba el mundo y, con sus ejércitos, flotas y poderío industrial, lo ordeñaba a su antojo. Un país sin industria que intentaba malvivir con una atrasada agricultura que no daba para todos. La situación de las colonias, que abarcaban también los archipiélagos de las Marianas, las Carolinas, Palaos y la isla de Guam, era calamitosa. Se mantenían más por el qué dirán internacional que por su rentabilidad. España había sido el primero de los Imperios universales, hoy diríamos globalizados, europeos y, a trancas y barrancas, intentaba mantener los restos del naufragio para salvar la cara ante las demás potencias internacionales. Además, los territorios de ultramar estaban monopolizados casi en exclusiva por las oligarquías vasca y catalana, teniendo escasa o nula importancia para el resto del solar hispánico. De hecho, gran parte de las grandes fortunas del siglo XX catalanas y vascas se forjaron en el XIX en las colonias, en los cañaverales caribeños, en los que se mantuvo la esclavitud hasta 1880 en Cuba.

1898: Los últimos de Filipinas representa una estupenda oportunidad de conocer cómo eran los diferentes estratos sociales de los que sus personajes provenían. Así, nos encontramos con la figura del capitán Enrique de las Morenas que va a la guerra, acompañado de su fiel perrito, como si aquél lejano desparrame colonial fuese un desfile militar. Figura ésta, la del rico, que contrasta con la de los soldados puestos a su cargo para mantener Baler para España después de la masacre perpetrada por los independentistas tagalos en la anterior guarnición de la aldea. Éstos eran chicos jóvenes que tuvieron la desgracia de no poder pagar las dos mil pesetas que ponían a buen recaudado del horror ultramarino a los hijos de las familias acomodadas. Otras tipologías humanas, como la del amargado o la del resentido, desfilan por la película y, de hecho, son claves para entender el devenir de la historia. También la del desertor es una figura bien desarrollada pues uno de los protagonista, en los primeros impases del asedio a la iglesia, decide pasarse a los rebeldes filipinos.

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Javier Gutiérrez en el papel de duro veterano entre reclutas bisoños

Y es que ésta no es una película épica, aquí no encontrara el espectador una loa a las hazañas imperiales con la fanfarria triunfal atronando de patriotismo. 1898: Los últimos de Filipinas es una película de guerra en la que un puñado de desgraciados son llevados al límite de forma canallesca por una cerrazón mental sumamente ibérica que les obliga a tener que resistir al hambre, al cerco militar y a las enfermedades mas allá de lo humanamente razonable. Ni España, ni Imperio, ni gloria. Tan sólo la resistencia a ultranza, en otros períodos históricos diríamos numantina, como único asidero al que agarrarse cuando vienen mal dadas. Un personaje fundamental, fantásticamente interpretado por Karra Elejalde, es el del fraile franciscano que acompaña a la guarnición de Baler en su enclaustramiento, muy humano y bien perfilado. No en vano, de Filipinas siempre se dijo que fue una colonia administrada mas por curas que por funcionarios. Tan lejos está de la épica que, hasta los propios enemigos filipinos, son tratados de modo decoroso en la película: son un pueblo indígena que quiere sacudirse el yugo de su decadente y lejanísima metrópoli. Ignorantes de que otra metrópoli, esta mucho más cercana y poderosa, está próxima a engullirlos. Honra al director y a los guionistas haber retratado de este modo a los rebeldes tagalos. Nada que ver con la semblanza reflejada de los indios norteamericanos en los western gringos. Ni con esas películas de piratas anglosajones libertarios y hasta democráticos que luchaban contra la ignorancia y el fanatismo de zarrapastrosos actores mexicanos disfrazados de españoles.

Las consecuencias de las pérdidas coloniales para España fueron desastrosas pues nos hundieron en un pesimismo del que aún no hemos acertado a salir, haciendo de la postración la norma habitual en la política internacional española. Todo esto trajo aparejado el que los españoles empezáramos a redescubrir nuestra propia historia a la luz de la derrota y la amargura, reescribiendo nuestro pasado e interiorizando, como autentico dogma de Fe, la Leyenda Negra. En el plano internacional, la pérdida del Imperio trajo la necesidad de expandirse por nuevos territorios, por lo que intentamos probar fortuna en el reseco Norte de África. Aventura imperial que legitimaba el hecho de ser España prácticamente el único país de Europa que no poseía colonias pero que, aún así, mantenía un ejercito atrasado y muy numeroso. Llanto, crujir de dientes, ingentes pérdidas humanas y desastres pavorosos, recuerden Annual, nos trajo ese ansia por seguir perteneciendo al club de las potencias coloniales. Al que, de todas formas, ya no pertenecíamos pues, y esto demuestra que nunca hay mal que por bien no venga, fruto de nuestra irrelevancia militar España fue país neutral en la I Guerra Mundial. Portugal, que seguía teniendo un Imperio que defender, sí participo en la Gran Guerra para congraciarse con el Reino Unido y Francia, en un claro intento de que Alemania no le amputase su parte de África.

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Llegada a Baler del destacamento español y encuentro con el franciscano interpretado por Karra Elejalde.

Dato curioso y anécdota repugnantemente española: esa guerra no la debimos perder ya que, apenas una década antes, un militar y científico español, con brillante hoja de servicio, llamado Isaac Peral y Caballero había inventado el submarino eléctrico. Un arma de poder devastador, de posesión únicamente española por aquellos años, mediante la cual se podía disparar a placer un torpedo a cualquier nave sin que ésta acertase siquiera a saber qué le había atacado mientras se iba a pique. Además, la producción de este submarino era mas barata que la de cualquier barco de la época. Por cuestiones de celos, imagínense las envidias que debió de levantar la nueva arma, las autoridades decidieron darle carpetazo al proyecto del submarino. Si España hubiese utilizado unos pocos de estos submarinos se hubiese ahorrado el desastre de 1898 pues los buques norteamericanos nunca hubiesen podido bloquear los puertos ni hundirnos los barcos en Santiago de Cuba y Cavite. En definitiva, la de 1898: Los últimos de Filipinas es una historia muy actual pues narra cómo se desarrolló otra generación perdida, algo en lo que siempre fuimos pródigos. Hispania Aeterna.

Por todo esto, recomiendo vivamente 1898: Los últimos de Filipinas como un producto cinematográfico de gran calidad, cuidado guión, adecuada puesta en escena, interpretaciones creíbles de algunos de los mejores actores contemporáneos españoles, excelente fotografía (la película ha sido rodada en Gran Canaria para simular las Filipinas) y gran banda sonara a cargo de Roque Baños.

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