Reseña del libro: La guerra en Grecia y Roma de Peter Connolly

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro: La Guerra en Grecia y Roma de Peter Connolly. A través de sus textos y grabados somos testigos de cómo se desarrollaron las dos principales infanterías del Mundo Antiguo: la falange macedónica y la legión romana, máquinas de guerra humanas revestidas de metal y férreamente disciplinadas que sostuvieron la expansión y el apogeo de la civilización greco-romana.

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Portada del libro La guerra en Grecia y Roma de Peter Connolly

Lo primero que llama la atención del volumen es su gran y pesado formato. Lo segundo es lo magníficamente bien ilustrado que está ya que Peter Connelly no sólo destacó como historiador sino que, además, brilló como dibujante. Es francamente maravilloso el apartado gráfico que ostenta La Guerra en Grecia y Roma plagado de minuciosas reproducciones del autor de detalles de piezas halladas en excavaciones arqueológicas. También Peter Connolly nos deleita la vista con gran cantidad de fotografías de los lugares dónde acontecieron importantísimas batallas de la Antigüedad, o con detallados esquemas en los que comprender cómo era la estructura de tal o cual unidad bélica. Los dibujos, espectaculares en lo formal, son muy ilustrativos ya que nos muestran cómo vestían y qué armas portaban los soldados del periodo analizado. Mención especial merece la cantidad ingente de fotografías que reproducen los diferentes elementos que conformaban las armas y armaduras antiguas, en las que se puede apreciar desde la posición de los remaches que unían las diferentes piezas, hasta información sobre los distintos elementos y calidades que las componían.

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Contraportada del libro La guerra en Grecia y Roma de Peter Connolly

El libro de Peter Connolly está dividido en dos partes: la primera y más pequeña está dedicada a la guerra en el ámbito de las polis griegas, la expansión macedónica de Alejandro y los reinos helenísticos; y la segunda y más extensa a todo lo relacionado con Roma, desde la unificación de Italia bajo su dominio hasta la caída de Occidente en el 476. Respecto a Grecia, Peter Connolly inicia su narración haciendo breve mención a la brillante civilización micénica, a su hundimiento allá por el 1200 a. C. y al retorno de la civilización con el auge de las polis griegas. Hubo un montón de ciudades-estado griegas repartidas a lo largo y ancho del Mediterráneo y del Mar Negro, pero sin duda alguna tres fueron las que destacaron con mas intensidad: Atenas, Esparta y Tebas. Cada una de estas polis estableció su primacía militar respecto a las demás ciudades griegas durante un periodo corto de tiempo. Así, la primera de las ciudades griegas en alcanzar esta posición dominante fue Atenas, que pasó sucesivamente por diversas formas de ordenación política. En su etapa mas arcaica Atenas fue una monarquía, luego se estableció un gobierno de la aristocracia, este régimen se vino abajo cuando uno de los oligarcas se erigió como dictador demagogo, al que los atenienses llamaron tirano. Cuando la tiranía fue abolida el sistema democrático fue el que iluminó la parte mas brillante de la historia ateniense, teniendo en el gobierno de Pericles su pleno apogeo. Atenas logró establecer un Imperio marítimo para lo cual contó con una flota que igualaba en número a la de los demás estados griegos juntos. Fue vencida por Esparta en su carrera por el dominio del mundo griego en la Guerra del Peloponeso a finales del siglo V.

La guerra entre las distintas ciudades griegas fue ininterrumpida hasta la dominación romana, en la que su propia irrelevancia militar las mantuvo a salvo de conflictos intestinos. Pero hubo momentos, en los que obligados por las circunstancias, las polis griegas no tuvieron mas remedio que unirse. Este momento llegó con la invasión persa de Grecia por Jerjes I. La disparidad de fuerzas era enorme y, por eso, a los pobres griegos no les quedó otra que enterrar el hacha de guerra fratricida. Se puso en cuestión su propia supervivencia como civilización pues el Rey de Reyes persa quería aumentar su imperio asiático con las polis griegas como futuras colonias europeas. Tras muchos esfuerzos la invasión persa fue rechazada y los griegos pudieron continuar haciéndose gozosamente la guerra los unos a los otros. Y a ello se aplicaron con denuedo, como ya hemos mencionado la siguiente polis en asumir la primacía fue Esparta.

La sociedad espartana era una agrupación humana basada íntegramente en la guerra como principal aspiración del individuo y con ciertas peculiaridades sociales, pues su sociedad militarista se dividía en castas. En la cúspide social se encontraban los propiamente espartanos cuya única obligación era formarse para la guerra y acudir prestos al campo de batalla cuando así era necesario. Inmediatamente después venían los periecos que no gozaban de la plena ciudadanía aunque recibían el máximo honor en la sociedad espartana de poder unirse al ejercito. El último eslabón de la cadena lo conformaban los ilotas, clase social obligada a trabajar las tierras, cuya propiedad era estatal, y que tenía vedado el acceso al ejercito. Poco duró la hegemonía espartana pues, aunque eran temibles guerreros, el hecho de que su natalidad fuera escasa, tan sólo eran aptos para ser espartanos los bebés más fuertes, unido a algunos desastres en el campo de batalla hicieron que Tebas fuera la siguiente polis en asumir la hegemonía.

Hegemonía que fue breve pues la Macedonia de Filipo II, instruido militarmente por el gran estratega tebano Epaminondas, detonó con estampido nuclear haciendo que un territorio marginal, que hasta la fecha fuera considerado como periférico para los griegos, consiguiera dominar toda la Hélade. En el reinado de su hijo, Alejandro Magno, el Imperio macedónico llegaría hasta la India, siendo Alejandro III de Macedonia el mito militar por excelencia hasta nuestros días. Esto contribuyó, entre otras muchas cosas, a hacer que la influencia de la manera de combatir griega, la falange, tuviera una grandísima importancia en buena parte del mundo. Aquellas murallas humanas revestidas de bronce y que portaban una larga lanza, la sarisa, avanzaron impertérritas durante décadas por los campos de batalla de varios continentes. La panoplia del hoplita consistía en un casco, un escudo redondo, una espada y grebas, todo ello realizado en bronce. Estos hoplitas alquilaban sus servicios como mercenarios a todo aquél que lo pudiera pagar. Cuando las cosas venían mal dadas y dado que su alineación de batalla parecida a un puercoespín les restringía mucho el movimiento, se limitaban a levantar sus pesadas y largas lanzas como símbolo de rendición y, acto seguido, retirarse de la acción. Peter Connolly documenta gráficamente de manera magistral cuál fue la evolución de cada uno de los elementos de la panoplia de los hoplitas a lo largo de los siglos. La eficaz aunque rígida falange macedónica fue derrotada decisivamente por la maleable legión romana en la batalla de Pidna. Esto supuso la caída en desuso de esta formación militar y el auge de la legión romana como nueva mejor infantería, amén del hecho de la anexión de Macedonia como provincia al naciente poderío romano.

Durante todos los siglos en los que los griegos estuvieron enzarzados en guerras con sus vecinos, repeliendo a los medos, conquistando el mundo o repartiéndoselo en los decadentes reinos helenísticos, Roma se estaba gestando a fuego lento. La ciudad de Roma tardaría mas de quinientos años en consolidar su dominio de la península italiana, siendo ésta la primera región de Europa unificada bajo un mismo poder con fronteras geográficas bien delimitadas. Para llegar a ese punto Roma debió enfrentarse a varios pueblos que rigieron zonas extensas de la península italiana y de lo que, siglos después, se conocería como la Galia: etruscos, samnitas, celtas, etc. De la misma forma que Grecia tuvo su gran prueba de fuego en la invasión persa, Roma debió hacer frente a un temible enemigo: Cartago. Hasta tres fueron las guerras necesarias para doblegar a los descendientes de los fenicios de Tiro. En la primera una bisoña Roma se enfrentó a un consolidado estado de mercaderes que manejaba poderosos ejércitos de mercenarios y una magnífica flota de guerra. Contra todo pronóstico y después de grandes desastres Roma venció, pasando a ser considerada una potencia marítima pues hizo falta construir varias gigantescas flotas para vencer a Cartago. No obstante, la ciudad africana estaba muy lejos de estar acabada. La Segunda Guerra Púnica puso a Roma al borde de la aniquilación y enfrentó a dos de los mas grandes genios militares de todos los tiempos: el cartaginés Aníbal y el romano Publio Cornelio Escipión. Tras largos años de guerra en los que Aníbal ocupó amplios pedazos de la península italiana y llevó a los ejércitos romanos al desastre en numerosas ocasiones, siendo la de Cannas la peor, Roma logró vencer en la batalla de Zama. La Cartago que sale de esta guerra ya no va a ser un problema para Roma. En la Tercera Guerra Púnica los romanos se limitaron a extinguir la llama cartaginesa con un feroz asedio. Cuando la ciudad cayó en manos de las legiones, éstas destruyeron la ciudad totalmente borrando su rastro de la Historia. Hubo que esperar hasta Julio Cesar para que otra ciudad, esta vez romana, se asentara sobre los escombros de la ciudad fenicia.

La República de Roma que sale de las guerras púnicas es un estado con una fuerte vocación depredadora que todo lo engullía a su paso. En las décadas siguientes cada uno de los estados helenísticos surgidos de la descomposición del gigantesco Imperio de Alejandro Magno cayó en poder de los romanos. Para consolidar su poder Roma contó con sus legiones que, como nos cuenta Peter Connolly, pasaron por multitud de configuraciones a lo largo de los siglos, teniendo poco o nada que ver la legión de la República temprana con las tropas del Bajo Imperio. La legión romana cuando se creó la conformaban los ciudadanos que eran propietarios de tierras. Hay que recordar que a lo largo de todo el Mundo Antiguo y en gran parte de la Edad Media la riqueza provenía exclusivamente de lo que producía la tierra. Con el general Cayo Mario esto cambió y cualquier hombre libre podría pasar a formar parte de las filas de la legión. Tampoco hay que olvidar que en época de peligro extremo, como la rebelión de Espartaco o la guerra contra Aníbal, Roma llegó a armar a legiones formadas por esclavos o gladiadores. La panoplia de los legionarios varió sensiblemente con el transcurrir de los siglos, hecho que se refleja en La Guerra en Grecia y Roma de manera magistral merced a la cantidad ingente de grabados de los restos de armas hallados en yacimientos arqueológicos. Además, los romanos, como pueblo pragmático y ecléptico que era, adoptaron gran parte de las armas de sus enemigos. Un ejemplo claro de todo esto es el uso generalizado del gladius, espada recta, ancha y de doble filo de origen hispánico. Cuenta Peter Connolly que el ejercito romano adoptó numerosos elementos de los pueblos celtas repartidos por gran parte del continente europeo.

Con el reinado de Octavio Augusto Roma pasó de República a Imperio, siendo el reinado del hispano Adriano el momento cronológico en el que podemos situar la máxima expansión del poderío romano. Visto hoy día reflejado en un mapa, y sopesando cuáles son las actuales fronteras de la cada vez más fallida Unión Europea, el tamaño del Imperio romano y su persistente duración son sobrecogedores. Fundamental para entender cómo pudieron los romanos aunar semejante estado y mantenerlo íntegro tanto tiempo es el estudio detallado que nos propone Peter Connolly en La Guerra en Grecia y Roma de sus legiones. Con el paso de los siglos y con la llegada de la decadencia asistimos a un proceso en el que cada vez es más notorio la influencia de los pueblos barbaros en la composición de la legión, que cada vez empieza a tener menos de romana. También cambia su morfología pues en el reinado de Constantino I el Grande las legiones pasan a dividirse en dos fuerzas bien diferenciadas: los limitanei, soldados estacionados en fuertes o burgi cerca de las fronteras del Imperio (Muro de Adriano, Rin y Danubio con los pueblos barbaros, y Mesopotamia con los persas sasánidas); y los comitatenses: tropas móviles que acudían prestas allí dónde se produjera la invasión en territorio romano. También asistimos a un proceso de degradación paulatino del valor de la infantería que va siendo desplazada por la caballería, lo cual es un anuncio de lo que va a acontecer en los campos de batalla durante la Edad Media, y que culmina en el desastre de Adrianópolis. Esta batalla, el golpe más grande a la autoridad de Roma desde Cannas, aconteció en el 378, fue tal la mortandad de los romanos que Oriente se quedó virtualmente sin ejercito y el propio emperador, Valente, murió junto a sus tropas.

Respecto a la guerra en el mar Peter Connolly favorece claramente a los griegos ya que, según el criterio del autor, los romanos se limitaron a ir a rebufo de las innovaciones griegas y cartaginesas. Cuando Roma destruyó los principales poderes marítimos que eran sus competidores, Cartago, Siria y Rodas, dejó de lado todo lo relativo a la marina, llegando a externalizar en sus vasallos griegos todo lo referente a sus barcos. Tal fue el desgobierno en el mar que, a veces, las cosas se salían de madre y la piratería provocaba terribles dolores de cabeza a unos cónsules romanos que, si querían seguir siendo populares, debían alimentar a una hiperpoblada Roma con grano importado marítimamente. A finales de la República, los piratas cilicios hacían tanto daño con su actividad que Pompeyo tuvo que reunir una flota de doscientas galeras, suministradas por polis griegas, para poner coto a su actividad. Por todo ello no es de extrañar que la armada imperial romana tuviese un marcado carácter griego. Durante el Imperio Roma mantuvo flotas de guerra en puntos muy localizados de su territorio: Masilia (Marsella), Neapolis (Nápoles), Rávena, la frontera del Rin y el Danubio, así como la costa de Siria y Egipto.

De manera parecida trata Peter Connolly la poliorcética ya que la parte dedicada a los griegos sale claramente beneficiada pues casi todas la innovaciones a la hora de tomar ciudades acontecieron en los siglos de dominación griega, con el asedio de Siracusa por parte de Atenas como ejemplo del buen hacer griego asediador y defensor. En el periodo helenístico destacó sobremanera Demetrio Poliorcetes (el Asediador de ciudades) y sus célebres Helepolis o torres de asedio, magníficamente bien reflejadas en los grabados de La Guerra en Grecia y Roma. Estas Helepolis tenían tres de sus lados recubiertos de hierro y contaban con más de cuarenta metros de altura, veintidós metros de base y con hasta cinco niveles en los que decenas de soldados manejaban catapultas. Por el contrario, la época romana destacó especialmente por la tenacidad y meticulosidad de éstos a la hora de asediar una plaza. Una muestra de esta tenacidad fue el salvaje asedio, toma y destrucción de la ciudad de Jerusalén. Los romanos usaron la técnica de la bicircumvallatio, consistente en establecer varios campamentos en torno a la ciudad asediada, unidos entre sí por líneas de foso y terraplenes que aislaban la plaza de su territorio de alrededor y evitaban que nadie pudiera escapar del cerco. El ejemplo paradigmático de plaza tomada por este método fue el de la ciudad gala de Alesia, en la que se refugió la resistencia final de Vercingétorix. Con la decadencia del Imperio la fortificación experimentó un gran auge. Antes de esto los romanos habían realizado la proeza de murar de costa a costa su frontera en Britania, muralla que adoptó el nombre del emperador que la construyó: el Muro de Adriano. Fue en el Bajo Imperio, reinante Aureliano, cuando advirtiendo nubarrones en lontananza se dotó a la capital de nuevas murallas que sustituyeron a las llamadas Murallas Servianas, de época republicana. El libre transito de mercancías y de ejércitos era estorbado por las cada vez más frecuentes y virulentas invasiones bárbaras. Todo esto desembocó en la joya de la poliorcética del Mundo Antiguo: la triple muralla de Constantinopla que sólo sería tomada más de un milenio después merced a un gran avance en la técnica asediadora, la pólvora que posibilitó el desarrollo de la artillería en las armas de fuego. Pero esto era algo que los ingenieros romanos del siglo V no podían ni imaginar.

La Guerra en Grecia y Roma está publicado por Desperta Ferro Ediciones siendo su primera edición de junio de 2016. Cuenta con trescientas treinta y cinco páginas y con tapa dura con sobrecubierta. Su papel es de excelente calidad, contando con un apabullante apartado gráfico felizmente plagado de dibujos detallados y preciosistas, fotografías, esquemas de batallas y mapas a todo color. Estamos ante una fabulosa edición en lo formal, que desprende mucha personalidad y nos retrotrae a otras épocas pretéritas por su texto en tres columnas. Al ser un volumen bastante pesado (1.733 gramos) su comportamiento en mano puede llegar a ser problemático, único precio a pagar por una edición sobresaliente de todo un clásico en lo que a los ejércitos de la Antigüedad se refiere. Su precio es de 39.95 €.

Su autor, Peter Connolly, fue un historiador, arqueólogo e ilustrador británico que se especializó en todo lo relacionado en tecnología militar del Mundo Antiguo y que gozó de gran prestigio, llegando a ser un referente en el estudio del periodo greco-romano. Otras obras suyas publicadas en español son: Las legiones romanas, Aníbal y los enemigos de Roma, Los ejércitos griegos y La vida en tiempos de Jesús de Nazaret.

A modo de conclusión sólo puedo decir que me ha gustado mucho La Guerra en Grecia y Roma de Peter Connolly y que recomiendo su lectura a quienes tengan curiosidad por saber cuáles fueron las herramientas armamentísticas necesarias para conquistar un Imperio desde la actual Grecia hasta la India; o cómo se anexiona y mantiene un Estado que abarque desde el Muro de Adriano en Britania hasta la frontera con los persas en Mesopotamia.

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