La dinastía Julio-Claudia: los primeros emperadores de Roma (I)

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la historia excepcional de los gobernantes que rigieron Roma durante la primera dinastía de emperadores, la conformada por los miembros de las familias Julia y Claudia. El Imperio romano ha sido muy criticado por las excentricidades de no pocos de sus gobernantes, nos han llegado ecos de reinados en los que las tasas de locura criminal alcanzaron cotas pocas veces superadas en la Historia. También es cierto que el Imperio, al que siempre lastró el no contar con el aura romántica generalmente inmerecida de la República, contó con algunos regentes excepcionales que, curiosamente, no son los más conocidos. Y es que pese a que usualmente se conoce la locura de seres como Calígula, Nerón, Domiciano o Heliogábalo, por contra, las bondades de Vespasiano, Septimio Severo, Aureliano o Diocleciano, emperadores que evitaron la practica disolución de Roma, se desdibujan en la bruma de los casi dos milenios que nos separan de ellos. Tampoco hay que olvidar que hay reinados que han sido terriblemente sacados de contexto y alzados en un pedestal por las diferentes corrientes historiográficas, elevándolos muy por encima de su mérito. Por todo ello, hoy vamos a analizar de forma sucinta las vidas de aquellos hombres que acabaron de enterrar el caos de la fase terminal de la República, que a punto estuvo de colapsar Roma en una incesante guerra civil, y echaron a andar la primera fase del Imperio romano, llamada principado porque el emperador era Primus Inter Pares, Primer Ciudadano, frente a la segunda fase, el dominado, en la que el emperador era el Dominus (Señor) a imagen y semejanza de los antiguos monarcas del Oriente helenístico y de sus contemporáneos sasánidas.

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La primera dinastía de emperadores abarca los reinados de Augusto a Nerón, Cayo Julio Cesar no es tenido en cuenta a la hora de enumerar a estos primeros cesares porque, a su muerte, la República técnicamente aún seguía existiendo y, de hecho, numerosos combatientes republicanos quedaban en pie (los llamados tiranicidas, sus asesinos, y Sexto Pompeyo, entre otros). Fue sin duda Cayo Octavio Cepia Turino, sobrino nieto de Julio Cesar, el que, a lo largo de su extensísimo reinado, puso fin a la República para dar origen a un nuevo orden mundial monárquico en todo menos en el nombre. En este blog contamos con una entrada específicamente dedicada a la vida de Augusto por lo que, los lectores especialmente interesados en ella, pueden abundar en la materia en la misma.

El ascenso al poder del futuro Augusto tuvo lugar inmediatamente después del asesinato de su tío abuelo Julio Cesar. A su muerte, en el año 44 a. C., el adolescente Octavio adoptó el prestigiosísimo nombre de Cesar y unos ingentes recursos de influencia política, poder militar y dinero. Para que el lector entienda la importancia de ser nombrado Cesar baste decir que, milenio largo después, los emperadores alemanes se llamarían Kaiser y los rusos Zar, ambos términos derivan del latín Caesar. Octavio tuvo que enfrentarse y aniquilar a los restos republicanos supervivientes al marasmo de guerras civiles que asolaron Roma y sus provincias durante décadas, así como a los otros contendientes por el poder supremo, entre los que destacó especialmente Marco Antonio. Apenas dos años después del asesinato de Julio Cesar, en el año 42 a. C., sus asesinos, aristócratas que luchaban por sostener el sistema republicano en el que sus familias eran las que se repartían el poder en una sanguinaria partida de ajedrez, fueron derrotados y muertos en la batalla de Filipos. Surgió de esta forma el segundo Triunvirato, el primero lo conformaron Cesar, Pompeyo y Craso, en el que Marco Antonio, Lépido y el joven Octavio Cesar se repartieron el poder. Tras muchos desencuentros y conatos de guerra civil Lépido fue apartado del mando y el Imperio y sus provincias se lo repartieron Marco Antonio y Octavio Cesar. Marco Antonio contaba con los ingentes recursos del Oriente helenístico en el que aún quedaba Egipto como reino independiente surgido de la descomposición del Imperio macedónico de Alejandro Magno, con un inmenso capital de prestigio político pues era de familia más noble que el propio Octavio y con la consideración de ser el mejor general romano vivo en su época. En el otro extremo del ring se hallaba Octavio Cesar con un modesto Occidente, la consideración de ser apenas un muchacho jugando a político y con una Roma hiperpoblada que sufría escases de grano proveniente del Oriente. Marco Antonio debió de darse mucha maña en los años venideros para destruir su privilegiada situación y ser vencido, junto con su amante la famosísima reina Cleopatra, en la batalla de Accio en el 31 a. C. Fecha a partir de la cual Octavio Cesar quedó como único señor de la guerra en pié en todo el solar romano, adoptando en el 27 a. de C. el sobrenombre de Augusto con el que pasó a la historia. A través de este epíteto, Augusto, Octavio Cesar venció la tradicional fobia romana a todo lo que oliese a monarquía y pudo reinar como monarca bajo este pseudónimo. Augusto estableció un gobierno colegiado en el que se repartía el poder con los miembros de su familia. Asoció a su gobierno a su amigo y mejor general, Agripa, al que le dio a su única hija consanguínea, Julia, como consorte. También asoció al poder imperial a sus nietos pero estos murieron antes que él salvo Agripa Póstumo que fue asesinado poco después de la muerte de Augusto. El único sucesor que le sobreviviría sería Tiberio que era el hijo de un matrimonio anterior de su tercera esposa, Livia Drusila, de la que no tuvo hijos. Por ese enlace se unieron las familias Julia, a la que pertenecía el propio Augusto, con la familia Claudia, de la que descendía Livia, de mucho mas rancio abolengo.

Augusto murió en el año 14 d. C. dejando atrás un Imperio romano sólido en el que millones de personas sólo habían conocido su régimen y en el que nadie quería volver a la espiral de violencia del periodo final de la República, por lo que su sucesión por Tiberio fue incontestada. Tiberio ascendió a la purpura ya mayor, durante toda su juventud estuvo siempre en un marcado segundo plano ya que, pese a ser hijo de la poderosísima Livia, no era consanguíneo de Augusto. Fue un brillante general en su juventud, desempeñando la labor de bombero del régimen pues era el encargado de reprimir todos los focos de resistencia que surgían a lo largo y ancho del Imperio. Augusto sólo recurrió a él como último recurso cuando todos sus descendientes salvo su nieto Agripa Póstumo, último exponente de la familia Julia al que había desterrado por conducta inmoral como hiciera años atrás con su propia hija y madre de Póstumo, fueron muriendo. Tal vez este hecho de ser siempre el segundón al que sólo se tenía en cuenta cuando surgía un problema, unido a la avanzada edad (56 años) con la que llegó al trono, hiciera de Tiberio un ser amargado y desengañado de la vida. Su reinado comenzó con dos hechos que mancharían su nombre pues otros dos candidatos a ser sucesores de Augusto, Germánico y Agripa Póstumo, morirían en extrañas circunstancias, muy convenientes para Tiberio. Es curioso comprobar como ninguno de los cesares julio-claudios fue sucedido por un consanguíneo directo pese a que todos tuvieron hijos que murieron prematuramente, bien de manera natural o por influencia directa de un familiar interesado en allanar su camino al trono. La sospechosa muerte de su sobrino Germánico, que fue uno de los generales romanos más destacados de su historia y muy querido por el pueblo, hizo que Tiberio fuera odiado por las masas. Esto, unido a su avanzada edad (68 años en ese momento), hizo que Tiberio se retirara de forma definitiva a Capri en el año 26 una vez que su hijo y sucesor, Druso el Menor, muriese repentinamente en el año 23 parece ser que envenenado. Todo el poder lo dejó en manos del prefecto del pretorio Lucio Elio Sejano que estuvo a cargo del gobierno del Imperio mientras Tiberio rumiaba resentimientos en la idílica Capri. Durante cinco años, del 26 al 31, Sejano estableció un régimen de terror en la propia Roma, hecho que pesó enormemente en la consideración de Tiberio como el primero de los emperadores nefastos y sanguinarios. Pero Sejano apuntaba aún más alto y pretendía apartar al anciano e inoperante Tiberio del poder y coronarse él mismo como emperador. Tiberio, alertado de las intenciones de Sejano, ordenó la muerte de su valido y, para reforzar su ya escasa popularidad, aunó a su régimen a su sobrino nieto e hijo del añorado Germánico, Cayo Julio Cesar Germánico Calígula, que gozaba de un gran prestigio ya que el pueblo de Roma veía en él a un excelente gobernante joven que los rescataría de la tiranía sanguinaria en la que había degenerado el reinado del añoso Tiberio. En el año 37 Tiberio murió a los 78 años de edad y Calígula, de veinticinco años, subió al trono junto con el nieto de Tiberio llamado Tiberio Gemelo. Cuentan que Tiberio, consciente de la locura de Calígula, quiso que éste le sucediera para que, así, su reinado fuese recordado con cariño por comparación con el desastre que se avecinaba sobre Roma.

Si quieres saber más sobre los siguientes emperadores julio-claudios (Calígula, Claudio y Nerón) tienes a tu disposición otra entrada que complementa este artículo.

La imagen de la portada de este artículo está sacada de Flickr y fue tomada por el usuario: ho visto nina volare (https://www.flickr.com/photos/41099823@N00/) bajo licencia Creative Commons.

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2 comentarios en “La dinastía Julio-Claudia: los primeros emperadores de Roma (I)

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