Reseña del libro: “Augustus. From revolutionary to emperor” de Adrian Goldsworthy

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro: “Augustus. From revolutionary to emperor” de Adrian Goldsworthy. En él asistimos al ascenso del que llegara a ser primer emperador de Roma, lo acompañamos desde sus oscuros orígenes cuando tan solo era un joven aristócrata no muy bien colocado en la escala social de cara a asaltar el poder; hasta el final de sus días en los que deja un gobierno imperial sólido tras el colapso de la República romana por décadas de guerra civil.

No olvides que puedes acceder a la reseña en video en nuestro canal de YouTube

2016-05-13 12.51.55
Portada del libro Augustus. From revolutionary to emperor de Adrian Goldsworthy

Lo primero que llama la atención de la figura de Augusto es que era hijo de un matrimonio dispar ya que su padre, Cayo Octavio Turino, pertenecía a una rica familia ecuestre de escaso pedigrí. Era consciente de que para avanzar en su carrera en la muy conservadora Roma debía emparentarse con la aristocracia y, para ello, se casó con la sobrina de una de las estrellas ascendentes del firmamento romano, Cayo Julio Cesar. Del matrimonio formado por Cayo Octavio Turino y por Atia de los Julios nacerían dos hijos, Octavio y Octavia. Con todo esto quiero representar que, aunque Octavio acabó detentando el poder absoluto, sus orígenes de ningún modo hacían prever este hecho ya que muchos retoños de familias de rancio abolengo estaban, a priori, mejor colocados en la escalera social. Pero el hecho fundamental fue que el pequeño Octavio era sobrino-nieto del gran Cayo Julio Cesar. Y aquí llegamos a un momento bastante peculiar en la historia de Roma, los últimos años de la Republica. El régimen monárquico fue sustituido siglos atrás por una Republica en la que el mando siempre estaba compartido por la bicefalia de su máxima magistratura, los dos cónsules. Estos se repartían el poder romano por un año, al acabar su mandato se elegían nuevos cónsules. Los romanos tenían la peculiar costumbre de fechar los acontecimientos situándolos en el gobierno del cónsul en el que acontecían. El régimen republicano funcionó a la perfección mientras el poder de Roma crecía guerra tras guerra hasta que llegó un punto en el que el desaforado tamaño de la República en expansión, sumado a la feroz lucha por el poder de los retoños de las principales familias aristocráticas, condujo a la República a una situación sin salida. Una espiral de guerras civiles que, por el ingente volumen de tropas que se enfrentaban, hacían que el poderío romano amenazara con implosionar. El primer triunvirato, conformado por Cesar, Craso y Pompeyo, había llegado a su fin. Craso murió combatiendo a los partos, el hueco que dejó en la escena política pronto fue llenado por sus dos socios. Un ya anciano Pompeyo, cuyos fulgurantes éxitos en su juventud le habían proporcionado el mismo sobrenombre que ostentase Alejandro, o sea, Magno (Grande), en el cenit de su gloria veía con creciente temor cómo su colega Julio Cesar se hacía con pingues riquezas conquistando la Galia y, de paso, ampliando enormemente el poder de la República. Muchas voces en el Senado se alzaban contra Cesar y el ingente poder económico y militar que estaba levantando. Exigían su vuelta para ser juzgado por crímenes contra los galos, lo cual, en boca de un senador romano, no dejaba de tener su gracia. Ante la negativa de Cesar de licenciar su ejercito y entrar en Roma como un ciudadano privado para que lo juzgasen y, previsiblemente, lo condenasen a muerte, la guerra comenzó.

2016-05-13 12.52.20
Contraportada del libro Augustus. From revolutionary to emperor de Adrian Goldsworthy

Dicho conflicto acabó con la victoria de Cesar y con la muerte de Pompeyo en tierras egipcias ya que se había refugiado después del desastre de Farsalia en el Egipto ptolemaico, aún reino autónomo aunque ya usufructuado por Roma. Ya tenemos a Cesar, después de su affaire con la célebre Cleopatra, dueño del destino de la depauperada República. Cesar asumió el cargo de Dictador Vitalicio, lo cual caldeó los ánimos en las familias aristocráticas ya que veían que todos los recursos del Estado se dirigían a engrandecer la gloria de Cesar, dejándoles a ellos las migajas del festín. Poco antes de la partida de Cesar a Persia para su conquista, recordemos que Craso murió allí masacrado junto con todo su ejercito pocos años antes, el Dictador es asesinado por un grupo de aristócratas que, enmascarando su acción en la lucha contra el tirano, deseaban que volviese el régimen anterior en el que tanto se beneficiaban. Y es justamente aquí donde entra en la lid política un oscuro y desconocido adolescente llamado Octavio.

Cayo Julio Cesar en su testamento de forma sorpresiva lega toda su riqueza y su apellido a su sobrino-nieto. De repente, Octavio pasa a tener muchísimo dinero y un capital de prestigio enorme. Recordemos que la romana, al igual que la nuestra, era una sociedad basada en el régimen clientelista por lo que, al hacerse cargo Octavio de la herencia de su tío, adquiría un sinfín de obligaciones frente a muchísima gente que, a su vez, estaba obligada a servirlo. Los asesinos de Cesar, en sus desvaríos de ciudadanos ricos alejados de la realidad, creían que el pueblo los aclamaría como a sus libertadores. No eran conscientes del enorme flujo de riquezas que las conquistas de Cesar había llevado hasta las clases más humildes de la ciudad. También el programa constructivo de Cesar sirvió para que mucha gente tradicionalmente marginada pudiera tener acceso a un trabajo bien remunerado y pagado por el Estado. A la muerte del Dictador se formaron dos bandos, uno, encabezado por Marco Antonio, antiguo lugarteniente de Cesar, y su heredero, Octavio; y otro, formado por los asesinos de Cesar, Bruto y Casio. Hubo unos meses de impasse en los dos bandos en los que se repartieron el poder en la República. Aquello fue la calma que precede a la tormenta ya que esta unión antinatura desembocó en la batalla de Filipos. Esta batalla fue una de las mas grandes del Mundo Antiguo, lucharon tantos soldados en ella que, nuevamente, a punto estuvo el Estado romano de colapsar. Aquí Adrian Goldsworthy introduce una nota de humor ya que afirma que las sucesivas guerras civiles de las últimas décadas habían posibilitado que sólo los peores subsistieran. Según Goldsworthy los generales al mando de esos dos monstruosos ejércitos eran sumamente incompetentes. Por un lado estaba Octavio que, nuevamente, volvió a enfermar en la víspera de la batalla junto con el siempre excesivo Marco Antonio. Por el otro, dos perfectos ineptos, Casio y Bruto, a los que su aura romántica hizo que se les perdonaran posteriormente sus evidentes taras. Cómo sería de grave esta situación, siempre según Adrian Goldsworthy, que el menos malo de todos era el sobrado Marco Antonio. Baste decir que, en un momento de incertidumbre (algo usual en las batallas del Mundo Antiguo), Casio malinterpreta la situación como catastrófica para su bando y, creyendo todo perdido, decide suicidarse cuando, de hecho, el bando republicano se estaba imponiendo a los herederos de Cesar. La batalla de Filipos acabó con el sueño de restaurar la República, los nuevos triunviros (Octavio, Marco Antonio y Lépido) se repartirían el poder como autócratas. Pronto Lépido es apartado del gobierno ostentando un papel esencialmente ornamental ya que se le otorga el título de Pontificex Maximus, esto es, cabeza de la religión romana. Título que, dicho sea de paso, es el que ostenta a día de hoy el obispo de Roma.

En el reparto del Imperio, puesto que la República ya había muerto y sólo restaba saber quién se alzaría como rey, Occidente se lo queda Octavio y el rico Oriente, Marco Antonio. A priori, y teniendo en cuenta que el gran triunfador de Filipos había sido Marco Antonio, todo hacía indicar que el que se alzaría con el poder absoluto sería él ya que era mucho mayor que Octavio, contaba con el cariño del pueblo, era de noble familia y tenía la consideración de ser el mejor general romano vivo en esa época. Amén el hecho ya sabido de que el Oriente era mucho más próspero y civilizado que una Galia recién anexionada que aún se estaba reponiendo de las consecuencias de su conquista, una Italia que padecía escases de grano y hambrunas frecuentes y una Hispania que seguía en rebeldía merced a que el último de los hijos de Pompeyo, Sexto, tenía su base naval allí. Sexto Pompeyo fue una figura trágica y muy interesante que representó el último escoyo al que tuvieron que hacer frente los triunviros. Fue vencido por el fiel cancerbero de Octavio, Marco Vipsanio Agripa, que, andando el tiempo, se convertiría en el mejor general de Roma. Por lo tanto, en los años sucesivos el bueno de Marco Antonio tuvo que darse mucha maña en destruir su privilegiada situación política y militar. A esto ayudó sobremanera el hecho de que se casara con el que fuera último faraón de Egipto, Cleopatra VII, y llegara a intentar secesionar el Oriente a Roma para repartirlo entre los hijos que tuvo con la reina de Egipto. Numerosas crisis se produjeron entre Octavio y Marco Antonio. Es curioso, en esas fechas tan tempranas ya se prefiguraba el hecho de que hubiese dos Imperio, uno en Occidente y otro en Oriente. Octavio, en una de las frecuentes reconciliaciones con Marco Antonio llegó a casar a su hermana Octavia con el triunviro para garantizar la paz. Pero, de la misma forma que el enlace de Pompeyo con la hija de Cesar no garantizó la paz entre ambos, cuando Marco Antonio apostó todo al caballo oriental egipcio el conflicto estuvo servido. Todo esto desembocó en la batalla naval de Accio en Grecia. El resultado de la batalla fue un auténtico descalabro para Cleopatra y Marco Antonio. Octavio se quedó con todo: único señor de la guerra superviviente en Roma y con la posesión personal del fabulosamente rico Egipto. Roma ya tenía un rey y uno mas poderoso de lo que nadie podría haber imaginado. En el año 31 a. C. Octavio comenzaba su reinado como princeps (primus inter pares). El Imperio había comenzado

Llegados a este punto es interesante realizar una semblanza del emperador. Augusto fue de pequeña estatura aunque de miembros bien proporcionados, espigando entre las numerosas fuentes que nos han llegado, casi todas adulatorias, podemos colegir que debió de ser una persona atractiva. Adrian Goldsworthy nos presenta a un Octavio, que pasó a la Historia por el título mas prestigioso de todos los que le otorgaron, Augusto, como una persona recurrentemente enfermiza pues numerosísimas fueron las crisis que hicieron temer lo peor por su salud y una nueva vuelta al periodo de las guerras civiles si se materializaba su fallecimiento. Parece ser que tenía algún tipo de dolencia en el hígado. También padeció una enfermedad de la piel que le hacía parecer excesivamente pálido a los ojos de sus congéneres. Adrian Goldsworthy fabula sobre qué es lo que pensarían esas delegaciones, que atravesaban medio Imperio para entrevistarse con Augusto, estarían acostumbradas a ver las numerosísimas representaciones suyas (de hecho, es la persona mas representada en obras de arte del Mundo Antiguo) y debieron de asombrarse al encontrarse ante un ser pequeño de estatura, rubio, de piel pálida y con aspecto enfermizo. Curiosa apariencia para el único señor de la guerra que fue capaz de sobrevivir a todos los demás. De todos sus matrimonios el mas destacado fue el último en el que enlazó con Livia Drusa pese a estar embarazada, en teoría, del que era su marido hasta poco antes. Fue un matrimonio sin hijos. Augusto sólo tuvo una hija, Julia, a la que, por su vida llena de escándalos, acabó exiliando en una isla minúscula, Pandataria, alejada del lujo y los excesos que tanto le gustaban. Hay que reconocer que Augusto fue excepcionalmente desgraciado en lo que a su vida personal se refiere ya que, pese a que sólo tuvo una hija, adoptó a sus propios nietos como a sus hijos y los asoció al gobierno imperial. Pero la muerte se cebó con los julios ya que ninguno de ellos le sobrevivieron. Curiosamente, merced al enlace entre Marco Antonio y su hermana Octavia, fueron los descendientes de Marco Antonio los que rigieron Roma en las generaciones siguientes. Pese a lo que podemos creer, Adrian Goldsworthy nos explica que Augusto nunca reinó en solitario ya que estableció un sistema de gobierno colegiado en el que el poder siempre se lo repartían varias figuras importantes que tenían al propio Augusto como única autoridad por encima suya. Así, vemos como desde el inicio de su carrera cogobierna con Agripa, pese a que éste era el mejor soldado de Roma y que pudo alzarse con el poder supremo. Adrian Goldsworthy pone especial énfasis en el hecho de que Agripa siempre luchase por estar unos pasos por detrás de su patrón, consciente de que si Augusto se sentía amenazado en su posición dominante, lo borraría del mapa. De hecho, Augusto nombró como sucesores a Tiberio, hijo de su mujer Livia habido en un matrimonio anterior, y a Germánico, que era sobrino de Tiberio, hijo de su hermano Druso, muerto en la juventud. Augusto intentó que los designios de Roma fueran regidos por un gobierno colegiado, restringido a miembros de la familia imperial, en el que alguien ostentara la primacía. Esa forma de gobierno murió con él, aunque se rescató siglos después en la Tetrarquía de Diocleciano. El Imperio gobernado en exclusiva por una sola persona es fruto del segundo de los emperadores, Tiberio, que, pese a delegar su gobierno en validos, instituyó que Roma sólo podía tener un Cesar. Augusto, pese a ser el destructor de la República, constituyó un régimen de carácter monárquico en el que, aún así, los hijos de la aristocracia podían desarrollar un aceptable Cursus Honorum, o carrera militar y política. Un romano de buena familia podía llegar a celebrar triunfos militares si había realizado una gesta bélica bajo el gobierno de Augusto. Tan sólo tendría vedado el acceso a las máximas magistraturas del Estado que eran repartidas por Augusto entre sus correligionarios. Esa forma de gobierno fue extinguiéndose poco a poco y los sucesores de Augusto cada vez acapararon mas poder, exterminando a las antiguas y tradicionales familias de la aristocracia republicana. Otro hecho excepcional en su reinado aconteció en las postrimerías del mismo, el desastre de Teutoburgo. En el mismo, la expansión romana por la mísera y salvaje provincia de Germania es detenida en seco. Pese a no representar una catástrofe absoluta, las pérdidas humanas fueron de la suficiente cuantía como para desanimar a las nuevas generaciones imperiales a emprender la conquista (y saqueo) de una tierra tan problemática y con tan poco que robar como la de Germania. Esto determinó a la larga no sólo el futuro del Imperio sino, además, fue un hecho decisivo en el devenir de la futura Europa postromana.

Augustus. From revolutionary to emperor está editado por la editorial Weidenfeld & Nicolson en 2015. Cuenta con tapa blanda y un total de seiscientas ocho páginas. La edición está salpimentada por mapas de los monumentos de la propia Roma, así como de la extensión de sus provincias. El volumen cuenta con numerosos elementos encargados de auxiliar al lector entre los que cabe mencionar: un glosario de términos latinos, un apartado dedicado a las principales personalidades del periodo, arboles de familia, una extensa bibliografía, un índice y numerosísimas notas. A destacar un cuadernillo central a todo color con reproducciones fotográficas de estatuas, numismática, bajorrelieves, templos, etc, que ayudaran al lector a visualizar a los personajes y los lugares más destacados de la narración. Estamos ante una edición de bolsillo por lo que su papel es de escasa calidad y escueto gramaje lo que, por el contrario, sienta muy bien a la mano ya que pese a ser un volumen de mas de seiscientas páginas pesa relativamente poco (494 gramos). Su precio es de 14.14 €.

Adrian Goldsworthy, nacido en el Reino Unido en 1969, es un historiador especializado en la historia militar romana, en especial en el periodo de las guerras púnicas y en el fin de la Republica. De entre sus obras traducidas al español podemos destacar: Soldados de honor, En el nombre de Roma: los hombres que forjaron el Imperio, La caída del Imperio romano: el ocaso de Occidente y Cesar: la biografía definitiva.

Me ha gustado mucho Augustus. From revolutionary to emperor de Adrian Goldsworthy y recomiendo vivamente su lectura ya que nos sumerge en el nacimiento del Imperio romano que, a su vez, podemos muy bien considerar autentico cimiento de nuestra civilización e historia patria. Va desgranado Goldsworthy cómo fueron aquellos tiempos convulsos del fin de la República y la cantidad de guerras civiles y grandes nombres de generales que lo jalonan. Es curioso pero, después de tantas páginas, tengo la impresión de no conocer a ese ser tan esquivo que pasó de estar en los márgenes de la aristocracia a detentar el poder absoluto durante una larga vida llena de batallas a vida o muerte, enfermedades, conspiraciones, rebeliones familiares, rutilantes victorias y pavorosas derrotas. A la muerte de Augusto millones de personas no habían conocido otro régimen político que no fuera el suyo. Nadie quería volver a la República y a su espiral de guerra civil y violencia desatada. Un nueva forma de gobierno, a la vez tan vieja, había nacido para regir el Mundo Antiguo hasta su muerte.

Anuncios

2 comentarios en “Reseña del libro: “Augustus. From revolutionary to emperor” de Adrian Goldsworthy

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s