Reseña del libro: “Mehmed II, el conquistador de Bizancio” de André Clot

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña del libro “Mehmed II, el conquistador de Bizancio” de André Clot, ejemplar dedicado a narrar la tempestuosa vida del sultán al que su pueblo conoció con el nombre de El Conquistador (Fatih Mehmed) por el hecho más relevante de su beligerante reinado: la toma de Constantinopla en 1453 que supuso el punto y final a más de milenio y medio de Imperio romano.

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Portada de Mehmed II, el conquistador de Bizancio de André Clot

Lo primero que llama la atención del reinado de Mehmed son las circunstancias en las que accedió al trono: era Mehmed hijo del sultán de los otomanos, Murad II, aunque no estaba destinado a reinar por ser el hijo menor del sultán. Durante su infancia estuvo postergado de la corte y no fue hasta que Murad II se quedó sin sucesor cuando el sultán se vio obligado a fijarse en su díscolo hijo. Fue en ese momento cuando Murad II se dio cuenta de que la educación de Mehmed dejaba bastante que desear para el alto cargo al que estaba llamado, siendo éste un muchacho irascible y testarudo. Con la asistencia de los mejores maestros lograron hacer de Mehmed un príncipe cultivado en todas las disciplinas del Oriente musulmán y con un marcado interés en las novedades del Occidente cristiano que le acompañaría toda su vida. Tuvo un breve primer reinado entre los años 1444 y 1445 cuando apenas contaba con doce años ya que Murad II se había retirado de sus obligaciones como sultán, experimento que resultó fallido debido a turbulencias en la corte, en el ejercito y al fortísimo carácter de Mehmed. Murad tuvo que regresar al trono lo cual afectó gravemente a la reputación de Mehmed siendo considerado un gobernante incapaz por las potencias cristianas que, años después, se lamentaron en extremo de su falta de cálculo.

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Contraportada de Mehmed II, el conquistador de Bizancio de André Clot

Por aquellos años la corte otomana estaba dividida entre las grandes familias pertenecientes a la aristocracia turca que destacaban por ser musulmanas y por mantener una política de coexistencia con los escasos principados cristianos del Oriente, con los basileos de Constantinopla a la cabeza; y los conversos musulmanes, que habían nacido o descendían de cristianos y que estaban deseosos de abrirse camino en la administración del Imperio otomano a través de la conquista de las posesiones cristianas. Mehmed, que se vio apartado del trono por el gran visir Halil Pachá, hijo de una destacada familia turca, se apoyó decididamente en el partido converso para conseguir su anhelo de conquista ya que deseaba emular a los grandes héroes de la Antigüedad, en especial a Alejandro Magno. Desde que, en el siglo VII, surgiera el islam todos los grandes gobernantes musulmanes habían deseado tomar la sede del gran Imperio romano del Oriente, Constantinopla, siendo considerada capital del cristianismo junto con la Roma de los papas. Existía la leyenda entre los turcos de que serían ellos los llamados a conquistar la Manzana Roja, nombre por el que se conocía a la ciudad del Bósforo en la tradición musulmana. Habían sido numerosos los ejércitos musulmanes que se habían estrellado contra la triple muralla de Constantinopla a lo largo de los siglos. Mehmed decidió aunar todos los recursos del Imperio para tomar la ciudad de Constantino, de esta forma nadie osaría discutir su derecho como sultán.

En 1451 Murad II murió dejando el Imperio nuevamente en manos de Mehmed. Como ya hemos visto, el bando cristiano juzgó a Mehmed como un gobernante incapaz que llevaría a los otomanos al desastre, representando su ascenso al trono una oportunidad única para revertir las grandes conquistas turcas en los Balcanes e, incluso, pasar a Asia menor para recuperar territorios antaño cristianos que llevaban en manos musulmanas siglos. Mehmed, por su parte, empezó a movilizar todos los recursos del Imperio para la toma de Constantinopla ahondando en la división de los dos partidos de la corte otomana. Hay que señalar que, en aquella época, el ejercito otomano era con diferencia el más numeroso, disciplinado y avanzado de su tiempo. Las armas de fuego comenzaban a ser utilizadas en la toma de ciudades y baluartes fortificados por lo que, si Mehmed quería tomar Constantinopla, debería contar con los más modernos cañones para derribar la obra cumbre de la poliorcética del Mundo Antiguo. Es curioso comprobar como el hecho más famoso de su reinado, la conquista de Constantinopla, se produce dentro de los dos primeros años del mismo pues la ciudad del Bósforo cae el 29 de mayo de 1453, con un sangriento sitio de casi dos meses de duración.

Ya tenemos a Mehmed férreamente instalado en el trono otomano pues ha conseguido lo que ningún gobernante musulmán había logrado antes: extinguir el baluarte y la capital de los cristianos en el Oriente. Inmediatamente después de la conquista Mehmed ordena la repoblación y reconstrucción de Constantinopla que en 1453 era una ruina humeante por siglos de decadencia romana y por la feroz conquista otomana. Esta reconstrucción sigue parámetros musulmanes: se construyen mezquitas nuevas o se convierten antiguas iglesias en templos musulmanes y, entorno a ellas, crecen los mercados y la actividad económica desfigurando la antigua faz romana de la ciudad. En ese momento las potencias cristianas, con el papado y Venecia a la cabeza, comprenden que las posesiones cristianas del Oriente tienen los días contados y que los turcos ya no van a poder ser desalojados de Europa. Por aquellos años el mundo cristiano empieza a desgajarse, ya no es un todo monopolizado por el papa como durante la Edad Media, comienzan a surgir los Estados modernos, cada potencia cristiana occidental está más atenta a consolidarse y crecer a costa de sus vecinos que a defender la cruz frente a la media luna en el lejano Oriente. No obstante, la caída de Constantinopla en poder de Mehmed tiene una resonancia enorme: Encarnación del Mal, precursor del Anticristo, príncipe del ejercito de Satán, dragón rojo del Apocalipsis, etc; son los títulos con que los impotentes cristianos motejan al Gran Turco incapaces de pararle los pies. Con la caída de Constantinopla las posesiones venecianas y genovesas en el Oriente y el Mar Negro corren un peligro enorme. Con el paso de los años la sed de conquista de Mehmed es insaciable, poco a poco van cayendo territorios en su poder: conquista Serbia; extingue el Imperio de los Comnenos en Trebisonda; anexiona la península de Morea (así se conocía al Peloponeso en la Edad Media) acabando con los últimos restos romanos subsistentes a la caída de Constantinopla; e inicia una guerra sin cuartel con la Serenísima República de Venecia de la que saldrá vencedor. En efecto, los turcos seguían siendo débiles en el mar pese a los avances de su marina, sólo Venecia podía hacerles frente con posibilidad de éxito en un enfrentamiento marítimo. Venecia, con su particular política mercantil y sus pocos escrúpulos, había sabido ganarse la antipatía de las demás repúblicas mercantiles italianas, amen de las del rey de Nápoles y del papa. En su lucha contra Mehmed Venecia se vio sola ocupando Florencia en el Imperio otomano el puesto comercial que ocupara aquella en los últimos siglos de vida del Oriente romano.

La otra gran victoria de Mehmed tuvo a Asia menor como su escenario ya que Mehmed, con su disciplinado ejercito de conversos fanatizados y las mejores armas que la ciencia podía otorgar en ese momento, se enfrentó con Uzun Hasán, soberano del Cordero Blanco, que estaba al frente de una confederación de tribus turcómanas. Uzun Hasán había logrado reunir bajo su caudillaje un gran Imperio que amenazaba con convertirlo en un nuevo Genghis Khan. Ante el enorme éxito de Mehmed en la toma de Constantinopla empezó a sentir celos de tan gran y poderoso vecino. El enfrentamiento era inevitable máxime cuando Venecia y Uzun Hasán habían firmado un tratado para aniquilar a Mehmed y repartirse su Imperio. El choque definitivo tiene lugar cerca del Éufrates en 1473. El moderno, disciplinado y tecnológicamente superior ejercito otomano arrolla al conjunto de tribus asiáticas puestas en liza por el soberano del Cordero Blanco. Mehmed conquista y atemoriza a los cristianos en Occidente y a los musulmanes en Oriente, siendo ambos incapaces de detener sus ansias de dominio. Cuando muere en 1481 a los cuarenta y nueve años de edad, curiosamente la misma que tenía el último emperador romano depuesto por él, en sus planes de conquista estaba el Egipto mameluco, que será anexionado por Solimán El Magnífico, y la Italia renacentista a la que llega a invadir poco antes de morir.

Pero no sólo destacó Mehmed en su faceta militar, como bien deja constancia André Clot, también fue un destacado administrador que sentó las bases institucionales del Imperio otomano hasta bien entrado el siglo XIX. Fue además un soberano avanzado a su época ya que favoreció siempre la actividad económica siendo consciente de que sus conquistas eran muy caras y se financiaban con cargo a los impuestos. Era Mehmed un apasionado de la cultura occidental de la que estaba siempre presto a incardinar a su Imperio las novedades que allí se producían. En materia religiosa, aunque formalmente musulmán practicante defensor de los creyentes y espada del islam, tenía una gran curiosidad por todas las confesiones, estando los judíos menos perseguidos en sus dominios que en los de la Europa cristiana del momento. Supo dotar a su reino de una nueva capital, Constantinopla, a la que destina ingentes cantidades de dinero para repoblarla y dotarla del esplendor material e intelectual que se merece la cabeza de un gran Imperio. Favoreció hasta tal punto el mestizaje en su multicultural Imperio aupando a cristianos, conversos y judíos a altos cargos que llegó a despertar las iras de los musulmanes más ortodoxos. Por desgracia, sus inmediatos sucesores carecieron de esa modernidad y amplitud de miras que tuvo El Conquistador, enrocándose en la práctica del islam más retrogrado. No obstante, Mehmed, con su inteligencia y tesón, supo definir el que sería un Estado moderno, centralizado, próspero, avanzado científica y militarmente a su tiempo que causó pasmo y asombro (cuando no llanto y crujir de dientes) a todos sus vecinos asiáticos y europeos, cristianos y musulmanes.

Mehmed II, el conquistador de Bizancio esta editado por Planeta, siendo su primera edición en lengua española (la que poseo) de 1993. Cuenta con tapa blanda con solapas, un comedido apartado gráfico formado por un mapa del Imperio otomano que muestra sus fronteras en diferentes épocas; así como un cuadernillo central de fotos, cuadros y reproducciones de personajes o lugares tratados en la narración, todo ello en blanco y negro. Tiene un total de 363 páginas de las que 338 son cabales, estando el resto dedicadas a genealogías, diccionario de términos turcos, bibliografía, apéndices e índice onomástico. Cuenta con unas dimensiones y un peso contenidos, 441 gramos, lo que posibilita una agradable lectura y un buen comportamiento en mano. Estamos ante una notable edición en tapa blanda por parte de Planeta, muy correcta en el apartado gráfico que, pese a huir del color, posibilita materializar lo narrado en el libro; el papel es de buena calidad y aceptable gramaje habiendo envejecido bien más de dos décadas. Su autor, André Clot, es un apasionado del mundo turco, historiador y periodista. Ha publicado obras basadas en la vida de otros destacados gobernantes musulmanes como: Solimán El Magnífico o Harún-al-Rachid y los tiempos de las Mil y una noches. Desconozco cuál fue el precio de venta en el momento de su publicación. Lo compré recientemente en una librería de viejo por 8 €.

Me ha gustado mucho este Mehmed II, el conquistador de Bizancio ya que revela una figura no muy bien conocida en Occidente y capital para entender ese gran Imperio que fue el otomano hasta la Primera Guerra Mundial. Fue un gran soberano que llevó los límites de su país mucho más lejos de lo que nadie hubiese sido capaz de vaticinar por su juventud y su primera experiencia fallida en el trono. Tuvo una vida intensa y corta, el hecho cumbre de su reinado se produjo a sus veintiún años pero no por eso dejó de acometer tremendas empresas hasta los cuarenta y nueve en que murió muy castigado de enfermedades. El libro está muy bien escrito, con un lenguaje claro, un excelente uso de las fuentes históricas del período y un manejo magistral de las notas a pié de página, desgranando André Clot los hechos conforme se van sucediendo iluminando allí donde el lector puede encontrar dificultad. Su lectura representa una oportunidad magnífica para que los lectores se sumerjan en la forja de un joven Imperio europeo con alma oriental y, a su vez, tomen constancia de cómo alguien que reunía todos los requisitos para haber sido apenas un nombre marginal en la Historia se reveló como una enorme sorpresa que, tras un belicoso reinado, dejó un mundo nuevo a su paso. Por todo ello, recomiendo encarecidamente su lectura.

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3 comentarios en “Reseña del libro: “Mehmed II, el conquistador de Bizancio” de André Clot

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