Excedentes de producción

Está a punto de amanecer. Desde su humilde rincón la galleta de jengibre observa desolada el paso inexorable de las horas. Cuando ayer apagaron las luces a última hora de la tarde entendió que estaba sentenciada y que su situación ya no tenía remedio. Demasiadas veces ha visto lo que les pasa a las galletas, pasteles y magdalenas que llegan al temido quinto día sin venderse. Los últimos días hizo ímprobos esfuerzos por llamar la atención de los escasos clientes que entraban en la pastelería. Pero con cada atardecer atesoraba un clavo mas en la tapa de su ataúd. Y luego venía el humillante proceso de inspección al que era sometida al final de la jornada. Se la sacaba de su bandeja, se la llevaba a la luz para un minucioso reconocimiento, hasta se la olía en busca de la tara que hacía imposible su venta. La galleta de jengibre, roja de vergüenza y creyéndose culpable de su incapacidad, lloraba en soledad su pena acompañada del resto de su promoción. Y, mientras rumiaba desdichas, no podía evitar recordar cómo fueron los primeros tiempos. Apenas dejaba volar la imaginación, ésta le transportaba al inicio de su carrera cuando, recién salida del horno, creía que podría llegar a lo mas alto, que sería capaz de encandilar al cliente mas estricto. Aunque desde el principio había notas discordantes en toda aquella melodía. Tal vez, se decía la galleta de jengibre cada vez mas ensimismada, todo fue mentira. Y mientras se preguntaba todo esto, recordaba.

La suya fue una gran promoción de galletas de jengibre. Venían con todo tipo de elementos capaces de gustar al paladar mas excelso, su ornamentación era simpática a la vista, con su curiosa forma humana y su brazo izquierdo extendido como si saludaran a alguien. Además, habían sido espolvoreadas con los azucares mas fragantes que remitían a olores de otras tierras y adornadas con bolitas de dulce de muy diferentes sabores. Aún recordaba la galleta de jengibre como fue su puesta de largo en el aparador de la pastelería donde nació. Fue en otro amanecer, muy lejano y desdibujado por el tiempo, en el que la galleta de jengibre fue colocada en una bandeja de cartón blanco que, en su sobrio contraste, destacaba su apetecible forma. Parecía que el tiempo se negara a avanzar, las horas resbalaban mansamente mientras la galleta de jengibre, desde su privilegiada atalaya, contemplaba el resto de la pastelería. Paseaba displicente su mirada por el resto de galletas, pasteles y magdalenas. Desde donde se encontraba apenas podía mirar hacia el lugar en el que esperaban el temido fin los escasos restos de la semana. Aún así le impresionó la mirada de aquellos veteranos que, pese al embate feroz del paso de los días, aguantaban firmes el último amanecer, la última andanada que los sepultara en el olvido para siempre.

De repente un rayo de cálida luz solar impacta en la cara de nuestra galleta de jengibre, lo cual la arranca del pasado transportándola con violencia al angustioso presente. Aquellos veteranos, piensa. Y vuelve la vista a lo que queda de su promoción. Mas de la mitad, calcula a ojo, mientras contempla como cada galleta encara el fin a su manera. Por aquellas caras desfilan el rencor, la amargura, la derrota, la resignación y la indiferencia. Hasta cree ver el destello de la esperanza en alguna faz, mas de una galleta de jengibre espera un milagro de última hora. El paso del tiempo, lógicamente, ha dejado su cicatrices en las galletas: a ésta le falta un botón de la camisa, a aquélla se le ha deformado el rostro y mas que saludar parece que pide ayuda, a la de mas allá se le cayó la pajarita en alguna inspección y nadie se preocupó por arreglar el estropicio. Aún recuerda cuando la pastelera, tras una de las últimas inspecciones al final de la jornada, sacó a nuestra galleta de jengibre y a sus compañeras de su bandeja de cartón blanco y las colocó en otra de plástico de un estridente color oro. Por si fuera poco, la descuidada pastelera, con cercos de cansancio en los ojos, casi atraviesa a nuestra galleta al clavar una etiqueta que anunciaba formalmente la depreciación de su valor: por cada dos galletas de jengibre compradas, el cliente sólo pagaba una. Lógicamente, la rabia se apoderó de sus compañeras de horno. No estuve cociéndome tanto tiempo para esto, se decía la galleta de jengibre. Al día siguiente alguien que entró a comprar dos barras de pan paseó su mirada por el escaparate hasta que sus ojos y los de la galleta de jengibre se encontraron. La galleta se estremeció, esos ojos estaban vacíos de interés. Nos compran porque somos baratas, pensó con tristeza la galleta de jengibre. El cliente se acercó a donde se encontraba nuestra galleta rodeada de sus compañeras. A la galleta se le disparó el pulso pues el cliente contemplaba con interés su bandeja de oro falso y chillón. De repente, alzó un dedo señalándola y solicitó un par de esas galletas de jengibre de oferta. La galleta sintió como el tiempo se ralentizaba mientras la pastelera manejaba las pinzas con sus manos gordezuelas sacando a dos de sus compañeras de la bandeja para colocarlas en una bolsita de papel. Mejor ser vendidas a poco precio que estar aquí, oyó nuestra galleta decir a una de sus compañeras mientras era extraída de su vergüenza y de su ruina.

Una serie de ruidos, acompañados de la gélida e inmisericorde luz eléctrica, avisa a la galleta de que su fin ha llegado. Con un último rastro de pensamiento, apretando los dientes de canela hasta agrietárselos, recuerda aquella expresión desesperadamente impasible de los veteranos que contempló al inicio de su vida, cuando aún todo era posible. Ojalá me vaya con tanta dignidad como se fueron ellos, piensa por última vez nuestra desesperada e impasible galleta de jengibre.

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