Reseña del libro: “Hiroshima” de John Hersey

¡Hola bizantinos! Hoy os traigo la reseña de Hiroshima de John Hersey, primer artículo periodístico que cubrió las consecuencias del lanzamiento de la bomba atómica en dicha ciudad. En él Hersey narra, a través del testimonio de algunos supervivientes, cómo fue la explosión y qué consecuencias tuvo para la población civil el primer estallido nuclear de la Historia.

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Portada de Hiroshima de John Hersey

Los antecedentes históricos de Hiroshima de John Hersey se encuentran en la Segunda Guerra Mundial. El mundo jamás ha experimentado un conflicto a ese nivel, los fascismos en Europa han demolido países enteros esclavizando o aniquilando a gran parte de su población. En Oriente, Japón, surgido al igual que Alemania como reciente Imperio en el siglo XIX, ha conquistado gran parte de China y de las colonias francesas, inglesas y holandesas que, atacadas en la propia metrópoli por los alemanes, las han abandonado a su suerte. El bloqueo de materias primas, en especial de combustible, al que Estados Unidos y el Imperio británico someten a Japón en la década de los treinta del pasado siglo hace que los japoneses intenten un arriesgado plan consistente en aplastar a la marina de guerra norteamericana para, al no haber ya nadie que los pueda detener, anexionarse todo el Pacífico y controlar las ansiadas materias primas que la industria japonesa demandaba imperiosamente. En diciembre de 1941 atacan la base naval estadounidense de Pearl Harbor poniéndole al gobierno de los Estados Unidos en bandeja el poder legitimar ante su opinión pública una guerra sostenida en la venganza y no en el militarismo por la monstruosa agresión sufrida sin declaración previa de guerra y, por lo tanto, incumpliendo el Derecho internacional vigente.

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Contraportada de Hiroshima de John Hersey

Hiroshima nos retrotrae al verano de 1945 en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. La guerra acaba de terminar en Europa mientras que en el Pacífico un desfalleciente Imperio del Sol Naciente apenas se tiene en pie ante el avance imparable de la maquinaria industrial y bélica estadounidense. Los japoneses se saben vencidos y sólo aspiran a una paz lo más honrosa posible teniendo en cuenta las atrocidades cometidas por sus ejércitos de ocupación y sus colonos. Los rusos, aplastado el Reich de los Mil Años y con media Europa en el bolsillo, empiezan a mirar a su problemático vecino oriental con ojos golosos. Los angloamericanos, que se han gastado una pasta descomunal en sostener el esfuerzo de guerra en el Pacífico casi en solitario, observan con inquietud que los japoneses no acaban de ser aniquilados y que Stalin desea sacar tajada en Oriente (la Unión Soviética se anexionó las Islas Kuriles, archipiélago anexo a las islas japonesas). Aquello, la guerra en Oriente, tenía que acabar cuanto antes y, de paso, lucir músculo militar con un arma de poder incontestable, por si los rusos continuaban acaparando países en Europa o se ponían tontos en el Pacífico.

Y ahí es justamente dónde entran en juego las ciudades de Hiroshima y, apenas tres días después, Nagasaki. Estas dos urbes japonesas fueron elegidas como conejillos de indias para el gran experimento de terror nuclear que cambió la faz del mundo por completo sumergiéndonos en una alocada competición armamentística que más de una vez estuvo apunto de degenerar en otra Guerra Mundial, lo que se dio en llamar Guerra Fría.

Hiroshima de John Hersey, publicado originalmente en el New Yorker de 31 de agosto de 1946 (un año justo después de la primera detonación atómica), es un artículo periodístico que gozó desde el momento de su creación de enorme y merecida fama. Hersey, a través de las andanzas de varios residente en Hiroshima, da fe del testimonio de cómo eran las vidas de los habitantes de dicha ciudad, cómo experimentaron la detonación y cómo afrontaron unas vidas que, a partir del estallido, tanto cambiarían. Efectivamente comienza Hersey narrando cómo era la vida cotidiana de un residente en Hiroshima por aquellas fechas, cómo esperaban de un día a otro un ataque aéreo que ya habían sufrido multitud de ciudades japonesas. De hecho, uno de los protagonistas que nos cuenta sus recuerdos observa a un vecino minutos antes de la detonación destruyendo su propia casa para crear un cortafuegos ante el previsible bombardeo americano. Como ante todo acontecimiento de extraordinaria importancia (¿quién ha olvidado dónde estaba aquél 11 de septiembre de 2001?), todos los participantes en este drama recuerdan qué estaban haciendo ese 6 de agosto de 1945 a las ocho y cuarto de la mañana cuando un único avión sobrevoló la ciudad. Algunos lo llegaron a confundir con un avión de reconocimiento meteorológico, encargado de informar de la intensidad y dirección del viento. Es muy curioso afrontar los recuerdos de gente que se enfrentó a algo totalmente inédito, a un arma de poder desconocido hasta entonces. Fruto de toda esa novedad son las “leyendas urbanas” que corrieron en los días inmediatamente posteriores al estallido, algunas afirmaban que los americanos habían arrojado contra la ciudad polvo de magnesio que estalló al entrar en contacto con los cables de tensión de la urbe. Nadie era capaz de explicar qué había pasado pese a las noticias que se habían conocido de bombardeos de gran intensidad en otras ciudades japonesas. Mas adelante se habló de que toda la fuerza de la explosión se debió a la fisión de un átomo, lo cual tampoco ayudaba mucho a comprender lo sucedido. La magnitud de la catástrofe era descomunal, desde el primer momento era obvio que aquello no era un bombardeo al uso. La potencia destructiva del nuevo arma ponía en jaque los principios de la Física, arrasando la onda expansiva con una facilidad pasmosa construcciones que debieran haber soportado un bombardeo normal.

En Hiroshima sale a relucir la capacidad de sufrimiento del pueblo japonés cuando Hersey narra cómo personas atrapadas en inmuebles colapsados pedían con educación que se las rescatara rogando un cortés: “Tasukete kure!”, ¡auxilio, si son tan amables! O cómo personas que habían estado muy cerca de la explosión y cuyo cuerpo era un amasijo de carne chamuscada imploraban un poco de agua sin perder las maneras. Impresiona mucho también ese espíritu de unidad japonés que lleva a un grupo de colegialas, atrapadas en el derrumbe de su escuela y percibiendo el escape de gas que acabará con ellas, a entonar el himno nacional cuando todo está perdido y van a morir. Las escenas de horror son numerosas y Hersey las narra en un frío estilo periodístico, algo así como si se limitara a encarnar a un desapasionado notario que levantara acta del caos que propició la bomba. No entra a valorar cuestiones políticas de la guerra, sólo transmite lo que le cuentan los supervivientes. Apenas hay juicios de valor sobre la situación, tan sólo la crudeza de la bomba y las trágicas consecuencias de su estallido.

Historias como las de los médicos que durante los primeros días han de atender a miles de heridos sin los medios necesarios, en condiciones extremas y que, cuando no pueden más, tratan de esconderse para conseguir dormir unas horas son comunes. O la de ese bienintencionado japonés que transporta a un grupo de heridos río arriba y, horas después, descubre horrorizado que estos, incapaces de moverse por su lamentable estado, se han ahogado cuando ha subido la marea.

En cualquier guerra hablar de buenos y malos suele ser un ejercicio maniqueo bastante usual pues, mas temprano que tarde, todos los contendientes acaban cometiendo atrocidades. Como europeo me educaron en las atrocidades alemanas aunque hoy, por la perversión del lenguaje, habría que decir atrocidades nazis. Las carnicerías de los otros bandos han sido soslayadas, si acaso se habla de las violaciones masivas del ejercito ruso o de las tropas coloniales francesas en el territorio alemán. Los bombardeos angloamericanos en ciudades atestadas de civiles y con nulo potencial armamentístico suelen ser tratados de pasada. Al igual que los millones de alemanes que quedaban en territorio liberado en 1945 repartidos por Europa oriental y parte de Rusia y que, pocos años después, nadie pudo decir dónde se encontraban por la sencilla razón de que ya no se encontraban en ningún lado. Los crímenes de los japoneses en Europa no tuvieron mucha resonancia (fueron el único bando que llegó a emplear el canibalismo como arma de guerra) o fueron opacados por los mas cercanos de los alemanes. Lo cual nos lleva a la espinosa cuestión de si los japoneses eran tan inocentes como se retrata en Hiroshima de John Hersey ya que, ante el testimonio de los supervivientes, podemos entender que eran personas pacíficas que sobrellevaban las penurias de la guerra como podían pero, eso sí, tenían una fe ciega en su emperador. Él mismo que les llevó a un militarismo exacerbado dirigido a anexionarse todo el Oriente como raza superior y conquistadora de pueblos inferiores. Y que, ya puestos, murió pacíficamente en su lecho imperial en 1989 tras un prolongado reinado mientras que, por ejemplo, Hitler se suicidó como una rata en su bunker cuando ya todo estaba perdido. En el prólogo, el traductor, Juan Gabriel Vásquez, se suma a la tesis de la inocencia japonesa alegando que los dos lanzamientos atómicos fueron excesivos ya que Japón estaba a esas alturas del conflicto de rodillas y que sólo se realizaron como demostración del poderío militar estadounidense ante una Unión Soviética que había alcanzado una enorme cuota de poder en el mundo. Con todo esto no argumento que Japón se mereciera las dos catástrofes nucleares de Hiroshima y Nagasaki sino, tan sólo, que es imposible situar la línea del bien y del mal en épocas en las que el racismo, el odio y el afán de conquista son los motores de todo un país.

Como consecuencia más duradera y dolorosa para los supervivientes del estallido quedó la radiotoxemia, enfermedad provocada por los elevadísimos niveles de radiación a los que estuvieron expuestos los habitantes de Hiroshima y Nagasaki. Consistente en sufrir malestar general, cansancio crónico, fiebres, ansiedad continua ante la perspectiva de desarrollar leucemia, miedo a tener descendencia enferma, etc. Esta radiotoxemia dio lugar a una nueva clase social, los hibakushas (en japonés, literalmente, aquellos afectados por una explosión). Estos hibakushas fueron la representación viviente del fracaso del Imperio japonés, malvivieron durante una década gravemente enfermos y sin posibilidades de salir adelante ya que su dolencia les impedía trabajar. Además de las penosísimas consecuencias físicas que les causó la radiación fueron mal vistos en su sociedad ya que se sospechaba que cobraban ayudas del Estado y que, al ser la debilidad crónica uno de los síntomas, no eran trabajadores fiables. Los hibakushas fueron no sólo los que se llevaron la peor parte de las consecuencias de la detonación sino que, además, fueron postergados por su entorno, lo que les avocó a la enfermedad, la pobreza y el descrédito en su sociedad. Muchos quedaron estériles. Una larga y miserable década después empezaron a recibir ayudas estatales.

En el último capítulo de Hiroshima, escrito décadas después, Hersey nos da noticia de cómo fue la vida de los supervivientes en las décadas posteriores. Aprovecha para incluir pequeños párrafos que dan constancia del terrible auge experimentado por las armas atómicas en todo el mundo y cómo multitud de potencias (Francia, Unión Soviética, China, India, Pakistán, etc) cuentan en su arsenal con este tipo de armamento. Las detonaciones de Hiroshima y Nagasaki no sirvieron para contener a las potencias en el uso de este tipo de arma devastadora, antes bien espoleó el avance científico hacia una carrera armamentística potencialmente suicida para el planeta en la que nos encontramos en la actualidad. Da qué pensar el grado de estupidez humana.

Hiroshima está editado por el Círculo de Lectores en 2015. Cuenta con tapa dura con sobrecubiertas. La portada es simple y efectista de lo que va a encontrar el lector dentro del libro. Tiene un total de 206 páginas de papel de buena calidad y aceptable gramaje. Estamos ante una edición sobria y elegante que se siente fantástica en la mano por su poco peso (354 gramos) y reducido tamaño. Su precio es de 17.95 €.

Su autor es John Hersey nació en 1914 en Tianjin, China. Estudió a caballo de las universidades de Yale y Cambridge. Fue reportero de guerra para la revista Time en el frente del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Alcanzó enorme fama con la publicación de Hiroshima. De entre su producción destacan las novelas: La campana de la libertad (que ganó el premio Pulitzer en 1945), El junco y el río, El amante de la guerra y Demasiado lejos para ir andando.

Hiroshima de John Hersey es un libro pequeño en tamaño y enorme en la descripción del horror que el ser humano puede desencadenar sobre sí mismo. También es un libro en el que la superación y el esfuerzo de unos héroes anónimos, que afrontaron como pudieron algo totalmente inédito en la Historia, se retrata en un frío estilo notarial. Hersey en Hiroshima se limita a narrar cómo fue el antes, durante y después de una serie de personajes (la señora Nakamura, el doctor Sasaki, el reverendo Tanimoto, el padre Kleimsorge, etc) a los que el destino situó en medio del huracán atómico. Su lectura es sumamente recomendable ya que narra el nacimiento de un nuevo mundo, el surgido a la sombra del hongo nuclear, en el que actualmente vivimos sin ser conscientes de su terrible nacimiento.

Si te ha gustado la reseña escrita no te pierdas el video de la misma en nuestro canal de YouTube.

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